La religiosa, las niñas y la madre de ellas

Sor Josefa daba las últimas indicaciones de la tarea de religión «memoricen y copien en sus cuadernos los Diez Mandamientos de la ley de Dios, para la clase de mañana» decía a sus alumnas del segundo grado de primaria de uno de los colegios religiosos de Lima.

La atención que conseguía Sor Josefa era absoluta, las niñas sabían que no estar atentas a las indicaciones de las maestras, o salir corriendo cuando sonaba el timbre anunciando el recreo o fin de clases como ocurría en las escuelas públicas, podía ser castigado con rigor porque «la desobediencia es pecado» solían decirle las madres de la congregación Canonesas que regentaban la escuela.

Ordenadamente guardaban sus cuadernos en sus maletines con hebillas, no se conocían las mochilas, mucho menos las de rueditas, maletas simples y comunes para la época sin mucha diferencia unas de otras, de cuero, algunas negras otras marrón y sus matices, llevaban loncheras de metal.

Fila por fila, aula por aula, formaban columnas de dos y tras tomar distancia con el brazo derecho extendido tocando el hombro de la compañera de adelante, salían disciplinadamente al patio a esperar que sus padres, madres o la movilidad escolar las lleve a casa.

Una a una salía al caos que se formaba en el frontis del colegio por los vehículos que se encargaban de recogerlas. Las que debían esperar un poco más, lo hacían en un ambiente pequeño, con una sola banca y con la orden de no moverse de su sitio, no jugar, no hacer alboroto y esperar “sentaditas” a que lleguen por ellas.

El colegio fue quedando vacío, todas las alumnas de primaria y secundaria se fueron. Pasados cuarenticinco minutos de la hora de salida en el ambiente de espera quedaron tres niñas de seis y siete años del segundo grado de primaria.

Una de ellas adelantaba la tarea de la clase de religión, iba en el primer mandamiento “Amar a Dios por sobre todas las cosas”, que para su corta edad interpretaba como obedecer y respetar a sus más cercanas representantes, las madrecitas del colegio a quienes obedecía y admiraba por su cercanía celestial.

-¡Les he dicho que está prohibido jugar, ¡siéntense! –

La voz de Sor María la sacó de su concentración y vio a su hermanita de seis años, una pequeña robusta y traviesa jugando con otra niña, muy delgadita de cara alargada y huesuda.

Las pequeñas quedaron petrificadas al escuchar más que la voz el grito de la Madre, dejaron de jugar y tomaron nuevamente asiento al lado de ella.

A los pocos minutos, ya lejos de los ojos y control de Sor María reanudaron el juego.

Sor María era una monja peruana de la sierra norte del país, de no más de 30 años, una  cajamarquina, de tez blanca, colorada, alta, herencia de una familia alemana que llegó a refugiarse en ese lejano país sudamericano al término de la Segunda Guerra Mundial, segura que nunca sería reconocido aquel oficial nazi que huyó para no dar cara por las atrocidades que contribuyó a cometer contra la humanidad.

Sor María había sido un desliz de este oficial, con una sirvienta de la casa. Creció en un convento y sin vocación fue inducida a dedicar su vida a la evangelización.

Isabel continuó con su tarea, se esforzaba por escribir con el tipo de letra exigida en el colegio: caligrafía Palmer. Copiaba en su cuaderno el quinto mandamiento “No matarás”, recordaba estremecida la historia de Caín y Abel, cuando de pronto un grito la sacó de sus tribulaciones y reconoció de inmediato el llanto de su hermanita, la vio tendida en el piso con su falda azul levantada, dejando notar sus redondeadas piernas y su blusa blanca a medio abotonar, la otra niña miraba con ojos de espanto sin ninguna reacción «¿qué pasó?», dijo mientras corría a socorrerla.

«Ella me ha empujado» decía entre sollozos la niña robusta, señalando con el dedo acusador a la pequeña huesuda.

Isabel de siete años, ayudó a Gaby de seis a reincorporase, mientras que Rosa Peña, corría a refugiarse detrás de la banca como si hubiera cometido el peor de los delitos, el peor de los pecados.

Y es que aunque Gaby no lo sabía, el golpe de su cabeza con la banca había dejado una huella de sangre que solo Isabel y Rosa la huesuda, la notaron.

Isabel requería ayuda pero Rosa no salía de su estado catatónico por la responsabilidad que caía en sus pequeños hombros, de ser la causante de que un inocente juego terminara en medio de un charco de sangre y con el terror de pensar que el infierno le esperaría al final de sus días.

Isabel, con un instinto maternal prematuro, ocultó a Gaby la gravedad de su situación y recordó lo que su madre siempre les decía cuando llegaban con un rasguño «lo más importante es lavar la herida con agua y jabón».

Fue lo que hizo, llevar a su hermanita a los baños para lavarle la herida que sus diminutas manos trataban de cubrir y no lo lograba a plenitud porque la sangre brotaba a chorros, Isabel evitaba por todos los medios que Gaby volteara y notara que su blusa, había dejado de ser totalmente blanca.

Corrió con su hermanita y grande fue su sorpresa al hallar los baños cerrados, a la hora de salida nadie los necesitaba. Cruzó el patio del colegio y fue en busca de los baños de secundaria.

Los baños eran grandes, las losetas brillaban de limpias y los lavaderos eran más altos que los de primaria, se las ingenió y alzó a su hermanita para que su cabeza recibiera el chorro de agua directo del caño, lo que logró fue el cruce de dos chorros, la sangre salpicó las paredes y hasta su cara.

Gaby confirmó lo que sospechaba e Isabel negaba – ¡me he roto la cabeza! – gritó con terror, parecía que el convencerse de ello le aumentó el dolor, el llanto y la desesperación crecieron, las niñas presas del pánico salieron corriendo a buscar ayuda.

El colegio estaba solitario, ni siquiera veían a don Jacinto el amable jardinero, que solía arreglar los rosales de la Dirección.

Isabel con las manos en la cabeza de Gaby andaba y andaba por la inmensidad del patio ahora más grande que nunca, sin alumnas, sin bulla, sin partidos de vóley, ni competencias de jaxes, ni rayuela.

La angustia se apoderaba de sus pequeñas humanidades cuando una luz de esperanza se apareció ante ellas, a lo lejos desde el otro extremo del patio se aproximaba en su hábito negro una de las religiosas, la acompañaba una alumna del primero de secundaria.

Cuando estuvo más cerca notaron que se trataba de la Madre María, se desilusionaron un poco, sabían que era dura e inflexible, pero se sintieron a salvo, con temor, pero a salvo, al final de cuentas era una madrecita dedicada a ayudar al prójimo, dar la mano al necesitado, de beber al sediento, de socorrer al hermano, ¡quien mejor para que se haga cargo del drama!

—¡Madre María, Madre María, mi hermanita se ha roto la cabeza!— dijo Isabel siempre con la mano sobre la herida de Gaby.

—¿Qué?— respondió la religiosa

—¿ustedes no estaban esperando que lleguen a recogerlas—

—Sí Madre— dijeron las niñas

Cuando le explicaban que mientras jugaba Gaby se golpeó la cabeza con la banca, Sor María las interrumpió ¡se les dijo que esperen sentadas sin jugar; bien hecho eso pasa a las niñas desobedientes Dios castiga! respondió volteando la cara y reanudando la marcha, con una macetita de orquídeas que llevaba en las manos. La alumna de secundaria las miró con compasión mientras se alejaban, sin atreverse a abogar por ellas.

Isabel y Gaby se quedaron en el medio del patio sintiéndose más pequeñas de lo que realmente eran y desamparadas en medio de aulas vacías y en el cada vez más inmenso y desolado patio gris.

Gaby se apoyaba en Isabel, sabía que mientras su hermana estuviera con ella, se encargaría de todo, pero Isabel en el fondo de su corazón sabía que nada sabía y no tenía la menor idea de lo que debía hacer.

Se quedaron juntas, solas, viendo desaparecer el largo hábito negro en el otro patio del colegio. No se atrevían a buscar ayuda fuera de esos linderos por temor a encontrarse con una de las bestias más grandes que habían visto jamás y que las llenaba de espanto cada vez que se encontraban con ella.

Se trataba de un inmenso cóndor de los andes peruanos, disecado con las alas extendidas con más de dos metros de alto y más de dos metros y medio de ancho, dos gigantescos y horrorosos ojos de vidrio que las seguía con la mirada desde cualquier punto en que ellas lo observaran y que estaba dizque “decorando” el ingreso a las aulas del segundo piso.

Como contraparte en la otra escalera, la estatua de la Virgen de la Inmaculada Concepción, las observaba con su mirada de madre protectora y sanadora.

Por seguridad, las niñas volvieron sobre sus pasos, con su drama a cuestas y regresaron al baño, la hemorragia no paraba, Isabel siguió echando agua a la cabeza de Gaby, al cabo de unos minutos la salida de la sangre fue parando poco a poco, ellas no lo sabían pero había sido la muy buena alimentación de la robusta niña, la que ayudó a la coagulación.

Una hora más tarde llegaron por fin a recogerlas, las niñas estaban nuevamente en el ambiente de la banca única. No fue su mamá, ni su papá quien las llegó a buscar, fue Pablo uno de sus hermanos mayores, quien al igual que los otros dedicaban el tiempo de ir a recogerlas en busca de amigas y amigos de su edad antes de pasar por ellas.

Casi siempre era así, las niñas sabían que serían las últimas en irse. Por primera vez su hermano cargó la maleta de Gaby, nunca lo hacía «no te acostumbres, es solo porque te has roto la cabeza» le dijo con su humor negro de siempre y las llevó a casa.

¡¿Qué? no puede ser, esa Madre me va a escuchar! – fue la reacción de la mamá de las niñas al enterarse lo que había pasado. La herida de Gaby requirió cuatro puntos, su papá, médico se encargó de la sutura y la curación.

Al día siguiente, la mamá de las niñas, una mujer tranquila, de suaves modales, de hablar correcto y bien educada, admirada por todos por su paciencia y autocontrol, pese a casi la docena de hijos que tenía, llegó al colegio en busca de la Madre Superiora ¡Esto no lo voy a tolerar, la actitud de Sor María linda con la crueldad y el abuso infantil!

Dijo al entrar a la Dirección. Utilizó términos y argumentos que en aquellas épocas no era común escuchar, es más era aceptada de manera general la rudeza en el trato de sacerdotes y monjas en colegios religiosos, sobre todo si se trataba de inculcar valores y disciplina.

Pero doña Mafi no estaba dispuesta a tolerar el trato inhumano del que habían sido víctimas sus hijas.

La Madre Superiora, una mujer de mediana edad que consagró su vida a la evangelización desde muy joven y dejó Toronto a los 22 años para llegar a aquel lejano país llamado Perú, conservaba aún el dejo de su inglés canadiense y su castellano masticado, escuchó atentamente los argumentos de doña Mafi y mandó a llamar a Sor María.

Al cabo de unos minutos la religiosa ingresó a la Dirección algo sorprendida, no tenía idea de para qué era llamada. Al ver a doña Mafi, comprendió.

Nunca imaginó que aquella mujer dócil, que acudía al colegio regularmente a las reuniones de padres de familia durante años, por esas aulas habían pasado ya sus tres hijas mayores, que no era conflictiva y apoyaba sin protestar las directivas escolares, las limosnas obligatorias o los óvolos de las misiones que cada alumna debía vender si no querían salir jaladas, llegaría cuál leona que atacan a sus crías dispuesta a ponerle fin a su mal elegida carrera religiosa

-¡No es cierto, no es culpa mía!- se defendía Sor María

-las niñas han recibido el castigo merecido ante la desobediencia

– Ellas sabían que no debían jugar y por eso se quedaron calladas y no buscaron a nadie para que las atendieran- decía en una lucha interna entre su convicción de hacer cumplir las normas del colegio a rajatabla y su conciencia de haberse excedido al no ayudarlas.

–A mí no me dijeron nada- dijo tras ser increpada por doña Mafi.

—No voy a tolerar, que ponga en tela de juicio la versión de mis hijas, si ellas dicen que así ocurrieron los hechos, yo les creo y su palabra me basta— respondió indignada doña Mafi.

La Madre Superiora, que ya había recibido antes, ciertas versiones de los usos y prácticas de Sor María para inculcar la palabra de Dios y hacer cumplir las disposiciones del colegio, encontró la oportunidad que buscaba en los últimos meses

–¡Esas niñas mienten, están en pecado! – dijo Sor María.

Doña Mafi, hizo un gran esfuerzo por no perder los papeles, la madre Superiora intervino y mandó llamar a las niñas. Gaby llevaba un parche en la cabeza, un pedacito de gasa cosida que cubría la herida y los cuatro puntos de sutura.

Sor María no pudo ocultar su sorpresa al ver a la niña, pero no cambió de postura, antes que la Madre Superiora o doña Mafi formulen palabra alguna, la voz altisonante de Sor María las increpó ¡en el nombre de Dios digan la verdad…les advertí que no podían jugar… no mientan digan la verdad! vociferaba.

Las niñas quienes veían a Sor María, como un ser extremadamente alto y cuando gritaba comparaban con un monstro mitológico, no pudieron articular palabra, estaban totalmente aterrorizadas, tuvo que intervenir doña Mafi – no tengan miedo hijas, digan la verdad a la Madre Superiora, cuéntenle lo que pasó –

Y así fue que las niñas contaron todo con pelos y señales y «hasta el bien hecho porque estaban prohibidas de jugar». Sor María volvió a levantar la voz  ¡No podía interferir en el castigo divino, si Dios quiso que se rompa la cabeza, yo no lo podía cambiar! fue interrumpida por la Madre Superiora, la hizo callar ¡ya es suficiente hermana esta no es una actitud cristiana, queda relevada de sus funciones! dijo.

Sor María salió amenazando y advirtiendo que todas se quemarían en el infierno por interferir en los designios del Señor.

A la madre Superiora le costó rectificar las enseñanzas de Sor María que tenía aterrorizado al alumnado, al que había tratado como la mejor exponente de la Santa Inquisición.

Las niñas volvieron a su rutina, se convirtieron en las más populares del colegio, su historia la repetían en cada recreo, volvieron a ser las últimas de ser recogidas a la hora de salida, jugaban y hacían tareas en el salón de una sola banca. Lo que nunca más se repitió es que le cargaran la maleta a alguna de ellas, siempre recibían como respuesta «cuando te rompas la cabeza te la llevo».

Publicado por lilicarpe

Provengo de una familia numerosa, de trece hermanos y formé una más acorde con los tiempos, de dos hijos, ahora adultos maravillosos, el mayor es comunicador e historiador y el menor es músico, compositor, cantante, director y productor de teatro musical, son mis orgullos. Soy periodista y comunicadora he trabajado por casi tres décadas, primero en medios como la radio, luego en televisión como reportera donde cubrí toda variedad de noticias, desde policiales, locales, deportivas hasta política. Tuve como fuente fija el Congreso y Palacio de Gobierno. Dirigí diferentes noticieros y gerencias de prensa en cuatro canales de TV de Lima. Mi experiencia periodística me llevó al otro lado, a ese al que los medios de comunicación los tienen como fuente fija, para fiscalizar y escrutar sus deficiencias y debilidades: el Estado. Fue un reto he dirigido las oficinas de comunicaciones de algunos ministerios e instituciones públicas, puedo decir que he conocido a la burocracia por dentro. Por estas correrías, como periodista y comunicadora, he tratado con incontables personas y variadas personalidades, presidentes de la república, ministros, políticos, empresarios, funcionarios, personas comunes, artistas, deportistas y he aprendido a contar sus historias en poco caracteres —lo que me ha sido muy útil—; lo que mas atesoro es la variedad de vivencias, que hoy por hoy se suman a las mías. Esa es en síntesis quien soy, guardo variedad de recuerdos buenos, no tan buenos y malos, no solo como profesional, más como persona, experiencias de vida que vuelco como relatos cortos, cuentos, anécdotas, opiniones, crónicas, microrrelatos o lo que fluya en este blog, que con frecuentes intermitencias retomo con el propósito de no volver a abandonar; la vorágine laboral a veces me ha absorbido al punto de alejarme de lo que más me gusta, además de leer y escuchar música: escribir.

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