CARAL PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD

Hace un tiempo tenía pendiente compartir mis impresiones y lo que aprendí sobre uno de los mayores atractivos turísticos en el Perú que visité hace unos años y que es cierto que ha recobrado relevancia pero a mi parecer no como debiera.

Se trata de la Ciudad Sagrada de Caral descubierta en 1949, pero recién en la década de los noventa estudiada e investigada a fondo, en cuerpo y alma por la arqueóloga peruana Ruth Shandy Solís.

Pero, ¿qué hace tan interesante a Caral?, pues es la ciudad más antigua de América y una de las más antiguas del mundo, fue contemporánea con las civilizaciones de Egipto, Mesopotamia, India y China.

¿Cómo llegar? No es difícil, si estás en Lima te cuento cómo.

Caral está situada en Supe, al norte de Lima, a 182 km en la provincia de Barranca, se va por tierra, si es en bus unas tres horas hasta distinguir un extenso desierto conformado por pirámides, templos, monumentos y lo más interesante: plazas circulares, que hoy recuperadas y desenterradas, después de cinco mil años escondidas, le dan una belleza enigmática y muy original.

Los pobladores de Caral tuvieron la sabiduría de ubicarse sobre una terraza que los protegería de los continuos desastres naturales en la zona: los huaicos, ocasionados por las torrenciales lluvias que provocan el desprendimiento de lodo y rocas de las alturas de los Andes y con ello el desborde de los ríos, causando inundaciones. Los huaicos son muy frecuentes por estas tierras.

Visité Caral pocos meses después de un terrible fenómeno climático bautizado como el «El niño costero» (más agresivo, por el cambio climático, que el Fenómeno El Niño) que afectó al país hace unos años, fue muy violento y destructivo, dejó miles de damnificados; el más dañino que se haya padecido; ya los antiguos habitantes de Caral conocían la virulencia de estos cambios climáticos…me encontré en el camino con gigantescas rocas, árboles desprendidos de raíz y lodo seco que aún permanecían en el lugar como mudo testigo del paso de uno o más huaicos en esta provincia; estos bloqueaban el camino, no la carretera principal si no uno de los desvíos para llegar a la Ciudad Sagrada, tuvimos que hacer el resto del camino a pie; lo interesante fue comprobar que este desastre natural, no había afectado Caral, pues como decía, fue construida previendo estos embates de la naturaleza, sin embargo esta civilización no estuvo libre de los terremotos y sus consecuencias, que fueron algunas de las razones por las que estos pobladores abandonaron su territorio.

Los ingenieros y arquitectos carales destacaron por sus ingeniosas construcciones. El material que utilizaron fue el barro, la piedra, y troncos pero de árboles muertos, cuidando y respetando así a la naturaleza y a su medio ambiente, de allí que es considerada «la primera civilización sostenible de América», término hoy en día, muy en boga, cuando a gritos necesitamos convivir en armonía con nuestro ecosistema.

Encontramos 32 edificaciones, seis pirámides de diferentes tamaños y dos plazas circulares. Se cree que las pirámides de Caral son más antiguas aún, que las famosas construidas en la meseta de Giza en Egipto.

Las plazas circulares, semi subterráneas, rodeadas de murallas, eran centros ceremoniales religiosos que podían albergar a mucha gente —tienen la apariencia de los anfiteatros al aire libre—. La música debió ser un elemento esencial en sus rituales, ya que se hallaron 32 flautas enterradas con diseños artísticos de animales de la zona como el cóndor, la serpiente o el mono es decir para los más antiguos habitantes de América, la música ya era una de las formas de expresión, tal como lo hacemos hoy en día.

Los habitantes de Caral destacaron por sus técnicas en la construcción, el cuidado del medio ambiente, el conocimiento de técnicas agrícolas como la construcción de canales de regadío —llevaban el agua de los ríos a sus cultivos— el uso de calendarios climáticos, el desarrollo de su textilería —cultivaban algodón y fabricaban fibras con las que confeccionaban sus vestidos y mantas— ; elaboraban utensilios de pesca y de labranza; intercambiaban pescados y mariscos. Lo que no se ha hallado, tras las excavaciones, son armas, por lo que se trataría de un pueblo pacífico, dedicado a la autoconstrucción y autoabastecimiento.

Pero Caral es mucho más de lo que yo puedo describirles en estas líneas, hay que estar allí para conocer de primera mano todo lo relacionado a su cultura y respirar esa aura mística que dejaron aquellos habitantes entre pirámides y plazas circulares.

Así que ya saben: si gustan conocer lugares nuevos, otras civilizaciones, aprender de la sabiduría de los antepasados y están por el Perú, antes o después de su obligada visita a Machu Picchu no dejen de visitar Caral, hoy en día hay muchos paquetes turísticos que la incluyen; lo único que tienen que llevar es buena disposición, zapatillas cómodas, bloqueador solar, agua y un sombrero, porque el abrasador sol puede jugarles en contra.

Y si quieren apreciar todos los vestigios recuperados, tienen el Museo Comunitario de Supe, allí encontrarán: estatuillas, ornamentos, instrumentos musicales y una amplia explicación de cómo llegó a tan avanzado desarrollo cultural y arquitectónico esta civilización: Caral, declarada por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Seis de enero

¿Tradición, leyenda, o ambas? da lo mismo, es el día en que en diversas partes del mundo se celebra la Bajada de Reyes, de Melchor, Gaspar y Baltazar quienes cargados de mirra, incienso y oro llegaron hasta Belén para celebrar la llegada del Niño Jesús.

Esta celebración se ha repetido por siglos con diferentes costumbres, unos abren los regalos navideños en esa fecha, otros recogen el Nacimiento y otros, como en mi familia, celebramos además el cumpleaños de papá, quien habiendo nacido un seis de enero no podía tener otro nombre que no sea Jesús, aunque a decir verdad sí lo tuvo, él fue Vicente Jesús. Mi abuelita, tan devota ella, no podía dejar de llamarlo así, aunque sea de segundo nombre.

Desde niña recuerdo que esta fecha fue un acontecimiento familiar. Cuando vivíamos en Jesús María la casa grande tenía en el fondo una especie de zona «de servicio», así lo llamaban porque estaba el cuarto de las trabajadoras del hogar, recuerdo particularmente a Clara y a Gabina, dos primas bolivianas de Desaguadero que trabajaron muchos años con la familia, en esa área había una escalera de madera añeja que conducía a la azotea, frente a ella una especie de patio que servía de corral para las aves ocasionales que llegaban casi siempre a fines de año. Pavos o patos, a veces los dos que eran obsequios que algunos agradecidos pacientes le hacían a papá, y que se guardaban para la celebración de su cumpleaños.

Desde mi mirada de niña esos pobres animales tuvieron una vida miserable, pues se les cuidaba con esmero, se les alimentaba y engordaba para después ser «beneficiados» el seis de enero. Con los años entendí que no era muy distinta la suerte que corre el ganado vacuno y porcino, ni diversas aves de corral, ni conejos ni otros animales que sirven de plato de fondo en la gastronomía mundial.

No sé cómo era en otras familias, pero en la mía el sacrificio del ave elegida corría por cuenta de la casa, para ser más precisos de las mujeres de la casa. Mi mamá dirigía la operación, era una especie de autora intelectual, mientras Clara y Gabina las autoras materiales. Acostumbraban a emborrachar al animal para «que no sufra», unas copitas de pisco que introducían a la fuerza por el pico antes de cortarle el pescuezo. Presencié esta especie de atraco en el corral por varios años, incluso cuando ya no era ni mamá ni las chicas las que cometían el ataque, sino mis hermanos mayores, pero aún muy jóvenes, quienes en su afán de ser menos violentos se emborrachaban con el pavo y les costaba más acabar con el animal. Pero hubo dos sacrificios que recuerdo con la misma claridad que el día que los presencié.

Mi mamá cerró la puerta de tablones verdes, algo viejos que unía el corredor con el patio trasero y nos prohibió acercarnos, sin embargo la curiosidad fue más grande que nuestro deber de la obediencia.

Agazapadas Mariella, Susy y yo entreabrimos la puerta para presenciar el momento, Clara cogió al pavo, mientras Gabina con el cuchillo (sin filo) pretendía cortarle el pescuezo, mamá seguía la escena con mucha seriedad. El animal intentó soltarse, aleteó, se sacudió, glugluteó pero el ataque continuó, fue un clásico cogoteo, finalmente perdió la batalla y antes de que logren separar su cabeza del cuello, el ave, que fue la única que notó nuestra presencia, nos miró con ojos de súplica al tiempo que una lágrima corría por su piel azulada.

El otro episodio que sigue en mi memoria, fue el sacrifico de un pato para otro seis de enero en la misma casa, en el mismo patio, con las mismas protagonistas y con la misma prohibición de no acercarnos. La batalla no fue tan beligerante, el animal era más pequeño y fue más fácil reducirlo, el cogoteo no duró mucho. La rendija de la puerta no nos permitía ver todo el enfrentamiento, escuchábamos voces, ruidos, jadeos pero no lográbamos ver qué estaba pasando exactamente, hasta que de pronto vimos la cabeza caer, no tuvimos tiempo ni de gritar del susto porque el pato sin cabeza corrió hacia nosotras, allí sí no hubo forma de guardar silencio y de seguir agazapadas, salimos despavoridas, aterrorizadas, tropezándonos unas con otras, ante el desconcierto de mamá.

Las imágenes del pato sin cabeza y el pavo lagrimeando, perturbaron mi sueño por varios años.

Con el paso del tiempo se fueron sofisticando los presentes para papá y ya los pavos llegaban congelados.

¡Cómo gustaba a papá celebrar su día¡ Los preparativos los realizaba con anticipación y mis abuelos, sus padres, lo apoyaban en todas sus iniciativas. La música criolla era infaltable en esas fiestas, con guitarra, cajón y cucharas los asistentes cantaban a voz en cuello junto a los cantantes de moda.

Mi abuelito Pablo, quien tenía una gran chispa para contar chistes y anécdotas, el mejor que he conocido hasta el día de hoy, contaba con su humor característico una anécdota que tuvo con mi papá en ocasión de uno de sus cumpleaños. Decía que mi papá le pidió casi al vuelo que comprara «pisco Ormeño», él nunca lo había escuchado, pero que si su hijo que era una persona muy bien relacionada y de buenos gustos le había pedido que lo comprara para la reunión, es porque tenía que ser bueno y de los mejores Así que recorrió todas las licorerías de Lima preguntando por el famoso «pisco Ormeño» y ante cada negativa y desconocimiento de los expendedores, se iba molesto no sin antes reprocharles y tirarles en la cara ser tan poco conocedores del «mejor pisco del Perú». Rendido, agotado y con las manos vacías regresó a casa, cuando estuvo a punto de recriminarle a su hijo por pedir un pisco demasiado exclusivo y escaso, mi papá lo abordó preocupado por si consiguió «el disco de Ormeño» que le había encargado (disco de música criolla del compositor peruano Filomeno Ormeño).

Con los años salió a la venta un pisco Ormeño, mi abuelito asegura que fue él, el verdadero promotor de esta marca.

Así crecí siempre celebrando el seis de enero, la casa llena de sus grandes y mejores amigos, sus primos más cercanos, sus hermanas, cuñados y mis abuelitos era un día de fiesta. Y cómo no el plato de fondo era un buen pavo al horno, o un arroz con pato al estilo norteño.

Con el tiempo las celebraciones fueron siendo cada vez más íntimas. Hoy han pasado más de veinte años que papá está en otro plano, pero la tradición continúa. Como cada seis de enero nos reunimos en su nombre sus trece hijos —ahora doce por la prematura partida de uno de mis queridos hermanos, Pedro— y mamá quien aún Dios nos permite tenerla entre nosotros.

Nos reunimos en su casa su familia cercana, sus descendientes directos, las ramas que brotaron y siguen brotando de ese tronco que fue papá. Entre sus hijos e hijas, nietas, nietos, bisnietos, bisnietas, un tataranieto en camino, yernos y nueras, parejas y parejos de hijos y nietos sumamos más de noventa (confieso que he perdido la cuenta); solo treinta de los cuarenta nietos conocieron al abuelo y solo dos de los diecisiete bisnietos. Pero para esta fecha todos los que podemos asistir seguimos haciéndolo como cada año. Es verdad que no todos llegan, algunos nietos y bisnietos radican en el interior o en el extranjero, otros tienen compromisos con sus nuevas familias. Pero para este 2024 somos más de cincuenta los que hemos confirmado asistencia, es que esta bonita tradición familiar no cambia pese a los años.

Hoy papá cumpliría noventa y siete años y nos sigue haciendo falta, él siempre tenía la palabra adecuada para cada momento. Con su mano militari y con su «se hace porque lo digo yo» se resolvían muchos problemas y discusiones entre hermanos. Si de cuestión de organizarnos o de tomar acuerdos se trataba, hubiera dicho se hace tal cosa, tú haces tal, tú tal y tú tal, fin del tema y todo salía bien. ¡A ver quién le discutía!

Desde 1999 papá está ante la presencia del Gran Arquitecto del Universo —así llaman a Dios los masones y mi papá fue uno de ellos llegó a ser Gran Maestre de la Gran Logia de Masones del Perú—, pero sus recuerdos y figura siguen siendo hasta hoy pilar fundamental en nuestras vidas. Somos lo que somos por él y por la interacción con nuestra madre, por sus enseñanzas y por su disciplina, que es verdad a veces pudo ser poco ortodoxa más si se mira con el prisma actual, pero normal para su momento, somos de esa generación que creció sin cuestionar la palabra de los padres, nos inculcó a darle valor al esfuerzo, al estudio, al trabajo, a la familia, a valerse por uno mismo y a ser honestos, a preservar el apellido para nunca bajar la mirada ante nadie, nos enseñó a ser orgullosos de quiénes somos y a no permitir abusos.

Nos hicimos grandes, mayores y siempre sentimos la falta de papá, hoy será ocasión para recordarlo, recordar sus anécdotas, los buenos momentos (los malos mejor no), convocarnos en su nombre siempre es una oportunidad para estrechar nuestros lazos, es la única fecha del año en que estamos todos, o casi todos…

Esta soy yo

Escribo y cuento historias desde que era niña, lo hacía con mis hermanas pequeñas, luego a mis hijos hasta que disfrutaron con ello, con el tiempo lo dejé por el trabajo y otras responsabilidades. Soy además periodista he trabajado en la televisión y en la radio. He sido reportera de calle, he cubierto todo tipo de eventos, desde policiales, pasando por los deportes y lo político. En mi recorrido profesional también está la Comunicación Institucional, puedo decir que conozco a la burocracia por dentro, tal vez escriba también sobre ello.

Por ahora he retomado este blog que lo tengo olvidado y escribo con distanciadas intermitencias.

Coche bomba

Como todas las noches la sala  de redacción entró en estado de alerta, la cuenta regresiva se activó ya que se acercaba la hora del cierre para el noticiero nocturno. Eran días en que por estos lares aún se utilizaban las máquinas de escribir, los reporteros oponíamos tenaz resistencia al paso de la modernidad y nos negábamos a dejar las Olivetti, las computadoras no nos inspiraban confianza.

Nuestras historias las recogíamos todavía en cassettes de tres cuartos de pulgada —el canal de televisión (ATV) para el que yo trabajaba, así como los otros canales locales, aún no habían pasado al Betacam que ya utilizaban las agencias internacionales y la edición de imágenes era aún lineal; no era extraño ver a los directores descontrolados y protestando a voz en cuello por alguna noticia a medio terminar cuando ya se acercaba el cierre. 

A poco más de las ocho de la noche un nuevo apagón sumergió en una oscuridad total a la capital. No era un hecho aislado, desde hacía un tiempo sufríamos las consecuencias de atentados, coches bomba y voladuras de torres de alta tensión en Lima, corría el año noventa y dos del siglo pasado. El país estaba en zozobra desde hacía casi una década por el grupo subversivo Sendero Luminoso (SL), que pretendía a través de sembrar el terror y subvertir el orden público constitucional, lograr el control político del país, pero en la capital no habían tenido tanta presencia como sí en provincias, principalmente en la sierra centro y sur, en las regiones más pobres del país.

Los atentados terroristas se intensificaron tras el autogolpe de Alberto Fujimori del cinco de abril, tres días antes.

De inmediato la ciudad quedó en penumbras, los medios de comunicación contábamos con  grupos electrógenos para restablecer de inmediato el fluido eléctrico. De pronto todo fue confusión, en la sala de redacción cada periodista que tuviera contacto con la policía y bomberos echaba mano a los teléfonos para indagar dónde había sido esta vez el blanco del atentado.  Resultó ser en Villa El Salvador —fue el primer ataque con un autobús bomba en Lima, que perpetró el grupo terrorista Sendero Luminoso, luego de lo que se llamó el “fujigolpe”.

En la capital reinaba el estado de terror permanente. Sumado a los ataques de Sendero Luminoso y el MRTA estaban las acciones del gobierno para perpetrar su autogolpe: la toma de los principales locales institucionales democráticos, el cierre del Congreso y Poder Judicial, la persecución de periodistas, políticos y opositores al régimen, detenciones arbitrarias y la invasión de militares en los medios de comunicación, era como si recién se tomara conciencia que el país estaba sumido en el descalabro, la magnitud de la violencia demencial de los terroristas recién se evaluó en su verdadera dimensión cuando en Lima fue más sanguinaria, pese a que en Ayacucho y la sierra central la padecían desde hacía una década ,  hasta ese momento las noticias de atentados, violaciones, desapariciones en esos lugares, eran como si se tratara de un país del medio oriente, ajeno, alejado, por lo tanto ignorado por la mayoría.

Raudamente mi equipo compuesto por Roger Córdova camarógrafo, Lolo Velásquez el conductor de la unidad móvil y el asistente de cámara, salimos rumbo a la zona del atentado, Lolo hizo en diez minutos el recorrido de San Isidro a Villa el Salvador a oscuras, en penumbras, solo ayudado por las luces de los faros de los pocos autos que circulaban. Llegamos y nos encontramos frente a una zona de guerra; la comisaría de Villa el Salvador, estaba en escombros, sumida en una gran polvareda y destrucción.

No lográbamos divisar el edificio donde estuvo minutos antes el local policial. Voces, gritos y lamentos, un olor que no nos era ajeno invadía el ambiente, era inconfundible, así olía la pólvora mezcla de dinamita y anfo con la que habían cargado el bus que estalló en el frontis.

Según algunos testigos, el vehículo se aproximó a gran velocidad, no se visibilizó a ningún chofer, los policías de guardia en la puerta lograron entender lo que pasaba pero no dio tiempo para mucho, el estallido los alcanzó; volaron por los aires paredes, puertas y ventanas que fueron  arrancadas desde sus bases; las vigas y fierros de construcción que quedaron expuestos y retorcidos nos revelaron la magnitud del estallido. La ola expansiva alcanzó al local municipal, a un colegio, a una emisora radial y a gran número de viviendas; todas quedaron afectadas en su infraestructura. Tres personas fallecieron y seis quedaron gravemente heridas.

Con libreta en mano caminaba entre escombros, vidrios, pedazos de concreto, tierra, mucho polvo, restos de escritorios, papeles y documentos, un par de catres de metal de lo que fue un camarote, sus colchones en pedazos y la ropa de cama hecha tirones por todos lados. Alcancé a ver una bota, un borseguí aún con los pasadores atados, no quise preguntarme dónde estaría su par. La gente estaba aturdida pero no fue impedimento para que solidariamente prestaran socorro unos a otros, mientras salían del estupor.

Roger registró las imágenes de horror, caminamos en el caos, oscuridad y polvo a tientas, intentando llegar a lo que fue la comisaría. A unos treinta metros del destino pisé algo blando que contrastaba con los restos de concreto y vidrios que cubrían la zona, bajé la mirada y con algo de dificultad logré distinguir algo que nunca se borró de mi memoria, eran restos humanos junto a un kepí, me retiré con cuidado al tiempo que alcancé al comisario, que aún grogui por los efectos del estallido, procuraba hacer la evaluación de la situación. 

La casa de los espíritus en tiempos del Covid-19

En estos días de pandemia he vuelto a la lectura de obras que leí en mi juventud. Tengo claro que mis percepciones han cambiado con el transcurrir del tiempo debido, seguro, a los avatares de la vida y a las nuevas experiencias. Guardaba en mis recuerdos esta novela sin mayores detalles, ni precisiones, nada de nombres, ni lugares y menos los acontecimientos que allí se narran «La casa de los espíritus» primera obra de Isabel Allende publicada en 1982. Lo que más evocaba al hacer memoria sobre la trama, eran los grandes amores y desamores de una familia y claro, no olvidé a la protagonista que tenía la extraña habilidad de comunicarse con los espíritus; no más, pero me había dejado una buena sensación en el paladar y pasado tantos años quise volver a saborear.

En estos prolongados días de obligado aislamiento —cumplido más por sentido de supervivencia— busqué en la estantería de mi casa el libro, no lo encontré, pero en estos tiempos eso no es justificación para no leer, así que recurrí a una biblioteca virtual. Me enfrasqué en su lectura y fui saboreando la historia de los personajes de generación tras generación, —salvando las distancias recordé pasajes de Cien años de soledad, del gran Gabo— con una prosa fluida, cotidiana me introdujo a sus escenarios y familiarizó con sus personajes.

La novela está en voz de un relator —que recién al final descubres de quién se trata— y de uno de los protagonistas, en primera persona; entre los dos retratan las difíciles, y por momentos inverosímiles, circunstancias de una familia a lo largo de cuatro generaciones, personajes que encuentras en otras de sus novelas, como «Largo pétalo del mar» (2019).

En días en que las noticias son monotemáticas (Coronavirus) esta lectura fue para mí una alternativa, ya que como decía al inicio comprobé que mi percepción de la misma cambió. No solo me engancharon los avatares de los amores locos —con los que soñaba en mi juventud en que vivía enamorada del amor— sino que me enganché con los hechos históricos que la autora entrelaza de una manera imperceptible con la fantasía, «realismo mágico» le dicen, relata acontecimientos que protagonizan los miembros de una misma familia desde fines del siglo diecinueve hasta pasado el medio siglo veinte, donde tras describir las transformaciones de sus relaciones familiares con sus encuentros y desencuentros, no los libera de los efectos de los cambios y la convulsión social que afecta a Chile a principios de los setenta —que no es diferente a lo que se vivió en los otros países de la región— donde se manifiestan las luchas por las reinvindicaciones sociales y los planes de quienes ostentan el poder para «salvar al país del comunismo», todas estas situaciones se mezclan con el relato principal haciendo la lectura ligera no un manifiesto político. Permite hacer paralelos con situaciones que vivimos en Perú, Argentina, Uruguay, Bolivia, El Salvador y otros países de América del Sur y Centroamérica. Se habla de reforma agraria, de devolver la tierra a quien la trabaja, de revolución, de injusticias, de expropiaciones y de intolerancia que llevan al país a un golpe de Estado con interrogatorios, atrocidades, violaciones, torturas, desapariciones que  fueron el modus operandi de las dictaduras militares que gobernaron a los países de la región en aquellas épocas —en la segunda mitad del siglo veinte—.

En los noventa el cineasta sueco Bille August llevó a la pantalla grande The House of the Spirits protagonizada por Meryl Streep, Jeremy Irons, Glenn Close, Winona Ryder, Antonio Banderas y otros, no la he visto tal vez la busque por curiosidad, para saber cómo la interpretaron, pues por mi experiencia, no todas las películas logran recrear en imágenes lo que los autores describen con palabras. La imaginación con la lectura es más rica, variada y poderosa que un film. No es que reniegue del cine, por el contrario, son géneros distintos para disfrutar cada uno en su formato.

Los sueños de Joaquín

Todas las noches el tío Joaquín caminaba descalzo sonámbulo por la antigua casona familiar, cuentan que infundía miedo verlo andar con los ojos abiertos y pasar sin notar la presencia de quien estuviera en su camino, llegaba hasta el portón de ingreso y sin cruzarlo daba media vuelta y se dirigía nuevamente al interior de la vivienda, deteniéndose de improviso en el mismo lugar: junto a la viga que dividía en dos el gran comedor.

Joaquín era el tío de mi madre, de mirada profunda y penetrante, tan profunda y penetrante que la leyenda familiar le atribuyó poderes sobrenaturales.

Joaquín solía bromear con ello y hasta le sacaba provecho. Aseguran que de joven cuando se le antojaba un caldo de gallina iba al corral, se concentraba en una de ellas, la miraba fijamente y el ave caía muerta en el acto lista para la olla.

Mi abuela nunca supo de qué color eran los ojos de su hermano mayor, pues éste evitaba a los niños de la casa por temor a fulminarlos como a las gallinas del corral.

Durante sus caminatas nocturnas Joaquín se encontraba frecuentemente con un mismo sujeto, lo veía vestido de blanco total, parado junto a la viga del gran comedor. Llegó a asegurar que el misterioso personaje cuidaba una gran fortuna enterrada durante la invasión chilena tras la guerra del Pacífico. Vivía con esa obsesión, más nadie le prestaba importancia, —es solo un sueño—, le aseguraban, —no le hagas caso— .

El tío Joaquín continuó por años con sus caminatas nocturnas y su misterioso amigo guardián de un tesoro imaginario.

En su ancianidad disfrutaba contar esos relatos a los chiquillos de la familia. Ponía de testigo a su padre, aseguraba que él presenció una animada conversación con aquel personaje y hasta fue testigo de que el hombre le prendió un cigarrillo y su padre le vio echando una bocanada de humo al aire.

Aseguran que mi bisabuelo nunca mencionó el hecho, pero tampoco desmintió la historia de Joaquín.

Para los adultos, eran cuentos de un anciano chocho queriendo impresionar a los pequeños insaciables que lo animaban cada vez a añadir un elemento nuevo a la historia.

Pasados los años la antigua casona se vendió y los nuevos propietarios la modernizaron convirtiéndola en hotel.

En sus vitrinas exhiben artesanía y otras reliquias históricas, una de ellas lleva la siguiente leyenda: «cofre del Siglo XVII, hallado en lo que fue el gran comedor de esta vivienda colonial».

Sexto Sentido

A mis padres y a mis abuelitos

Esta historia empieza por el final. Se trata de la muerte de un niño, mi tío. Dos personas me la contaron durante mi niñez. Una de ellas fue mi abuela Elisa, quien hasta casi los noventa años aún lloraba a su querido Pablito, su hijo de seis años, quien murió de manera violenta.

Yo no viví esa experiencia, no lo conocí; algunas fotos en blanco y negro, en sepia para ser exacta, que mi abuela guardaba como su mayor tesoro, fueron lo único que vi de él.

Solía visitar a mi abuelita a la salida del colegio, pasaba horas escuchándola contar las historias de su infancia, de su juventud, de sus pretendientes, de su vida en los años veinte, con sus vestidos largo cubriéndose casi todo el cuerpo, de cómo conoció a mi abuelo, de cómo fue su romance a través de pequeñas notas «cartitas». Contaba entre risas de cómo se ruborizó la vez que mi abuelo le vio el tobillo al bajar de un carruaje; así pasaba la tarde cuando inevitablemente terminaba contándome, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, la historia de Pablito.

Yo la escuchaba con mucha atención, su relato era conmovedor, le prestaba toda la atención del mundo y notaba que con el tiempo sus recuerdos recogían un detalle nuevo que la versión anterior no incluyó. La otra persona que me contó esta historia, también incontables veces, fue mi madre. Reconstruí, cuál rompecabezas, ese episodio familiar.

Lo que acá cuento es lo que yo visualicé, lo que vi cual película de carrete antiguo y lo que se almacenó en mi memoria.

Era una mañana fría, gris, húmeda, con una llovizna persistente, clásico de un día de invierno en la Lima de aquellos años, a principios de los cincuenta del siglo veinte. Desde que amaneció mi abuelita estuvo muy nerviosa, angustiada, con un fuerte dolor en el pecho. «Tengo una corazonada de que algo muy malo está por ocurrir», decía.

Mi mamá era una muchacha veinteañera, tenía poco tiempo en Lima, nació y creció en Pimentel, una ciudad costera del norte del país, allí conoció a mi padre, el hijo mayor de mi abuela. Pablito era dieciocho años menor.

El joven matrimonio vivía con mis abuelos en una casa antigua de un barrio tradicional de la capital limeña, La Victoria, en esa época a principios de los años cincuenta ya era antigua, tenía el olor característico de esas casas de Lima colonial.

Yo conocí aquella casa muchos años después y guardé sus aromas en mi memoria, aún hoy cuando visito una casa de épocas remotas me transporta a los olores de mi infancia cuando visitaba a los abuelos.

Aquel día, en que mi abuela tenía la angustia que le invadía el alma, recibió la visita de su sobrina Lucila, a quien recuerdo siempre con una sonrisa, alegre, graciosa, ocurrente, cabello ensortijado, morena y pecosa; tenía en ese momento dos hijos, que eran tan inquietos como traviesa debió haber sido ella de niña.

La sobrina alegre y perspicaz decidió que para acabar con la angustia «infundada» de su tía, lo mejor sería salir a pasear y dejar de lado los malos presentimientos que no eran más que «un reflejo de la soledad que sentía» porque mi abuelo estaba fuera de Lima viajando por trabajo. Así lo hicieron, solo las dos, los niños se quedaron en casa con mi madre, quien estaba embarazada con tres meses de gestación de su tercer hijo, uno de mis hermanos mayores, el tercero de diez.

Además de mis hermanos y los dos hijos de Lucila, mi madre se quedó al cuidado de sus tres cuñados de nueve, ocho y seis años, este último Pablito. Los hijos de Lucila llegaron a la casa a romper la tranquilidad con que acostumbraban a jugar los cuñaditos de mi mamá con los hijitos de ella. Pablito conociendo lo traviesos que eran sus primos corrió a guardar sus juguetes, sin notar que dejó a la vista sus patines de metal, nuevos, relucientes, esos con correas de cuero para sujetar a los zapatos, muy de moda en esos años.

La tarde transcurría normal, con el inevitable bullicio infantil que puede generarse cuando se juntan siete niños entre dos y nueve años. La casa de La Victoria tenía una arquitectura clásica antigua, con la sala al lado de la puerta principal, y el comedor al otro extremo, unidos por un largo pasadizo, angosto y estrecho, las habitaciones estaban dispuestas a los lados y casi al final estaba el baño, allí la sorprendió a mi madre el ruido característico que la pesada y antigua puerta de madera maciza, de la entrada, hizo al abrirse; corrió a la vez que escuchaba la voz, entre quejosa y demandante de Pablito reclamando a su primo que le devolviera los patines: «quitamelos si puedes», respondió el pequeño y en su inocencia cruzó, sin mirar, la ancha vía.

Lo que ocurrió a partir de ese momento nunca se borró de la memoria de mi madre, lo recuerda aún hoy, que ya pasa los ochenta, con la misma nitidez de los primeros años; se estremece, la voz se le entrecorta por momentos, sus ojos se humedecen y me transmite el desasosiego que siente, el dolor y la angustia que la invadieron en esos minutos eternos.

Nunca olvidó, al igual que mi abuela, ese momento que aunque ellas no lo supieran, marcó sus vidas cambiándolas, sin saber cómo, para siempre.

Le faltaban dos pasos a mamá para alcanzar la calle cuando el grito de espanto, prolongado y desgarrador de Pablito «¡Mamá!» la sorprendió; alcanzó a ver un camión negro, viejo, destartalado que corría a velocidad; en la vereda del frente al primo con los patines en la mano, pálido, inmóvil, petrificado y a Pablito literalmente volar por los aires, era un cuadro de espanto. Cayó de rodillas, lloraba y reclamaba a su mamá; de pronto el camión lo atropelló por segunda vez, pero esta… lo dejó herido de muerte.

En el cine mi abuela tuvo un sobresalto; la tía una vez más la convenció de que los nervios eran injustificados.

En la ancha avenida mi madre sostenía en su regazo a Pablito, «un ruido extraño como un caño abierto, así sonaba su cuerpecito; era la sangre que salía a borbotones», recuerda. Lo llamó por su nombre, él entreabrió los ojos con mucho esfuerzo, la miró, alcanzó a repetir «mamá» y los cerró para no volver a abrirlos… El camión desapareció para siempre.

Los niños paralizados miraban la escena, mi madre con Pablito en brazos, arrodillada junto a él, en la acera del Jr. Cangallo, ni un alma, ni un vecino asomó. Ella tratando de organizar sus ideas, debía auxiliar a Pablito y dejar a todos los niños en casa. La cuñada mayor, de nueve años, reaccionó y rápidamente se hizo cargo de los menores.

Mi madre de figura delgada y frágil, logró cargar a Pablito bañado en sangre, inerte, pesado, muy pesado. Paró un taxi subió y dijo estremecida “al Hospital del Niño”.

El primo de siete años que cogió los patines, corrió sin parar por calles y avenidas que nadie, ni siquiera él sabía que conocía, desde el Jr. Cangallo hasta el conjunto habitacional de Matute, para dar la noticia. Llegó sin aliento, su padre y unos familiares que estaban en su casa no lograban entender lo que el niño trataba de decir, gesticulaba, las palabras querían salir a galope, todas juntas para contarlo a la vez, sin saber por dónde empezar. Lo calmaron, le dieron agua y el niño por fin lo dijo: —Pablito ha muerto— su padre un hombre tranquilo y bonachón, reaccionó de manera impredecible, con violencia, tal vez por los nervios, tal vez por el temor de pensar que su hijo fuera capaz de jugar con tremenda barbaridad «no digas tonterías» le dijo, «Lo ha atropellado el carro» logró decir el pequeño entre sollozos.

Las niñas corrieron donde la comadre de la abuela que vivía volteando la esquina de la calle, le contaron lo ocurrido. De allí se rompe el hilo de la secuencia, nadie sabe cómo ni por quién, pero la noticia ya corría por la Lima de entonces, que no era lo bullera ni grande como lo es hoy en día.

Un primo de mi papá fue uno de los primeros en enterarse, ¿cómo? no lo sabemos pero por esas extrañas casualidades del destino abordó el mismo autobús en el que mi papá retornaba a casa tras sus clases de medicina. «¿Pablito ha muerto?» le espetó sin ningún tino ni delicadeza, en la cara. Mi padre pensó que era una de sus acostumbradas bromas pesadas e inoportunas. Molesto respondió «no juegues así». El tío insistió «¿qué? ¿no sabes? lo atropelló un carro» , le informó.

Desesperado papá obligó al conductor del microbús a detenerse bruscamente a mitad de la calle, tomó un taxi y con el primo corrió al Hospital del Niño.

A través del altavoz en el cine llamaron a mi abuela. Al escuchar su nombre las piernas le temblaron, no podía ponerse de pie, el corazón se desbordaba del pecho «algo terrible ha pasado, lo sabía, por qué sino me están llamando» repetía. Salieron presurosas, un familiar las esperaba, sólo les dijo «Pablito ha sufrido un accidente».

Llegaron al hospital, mi abuelita con un llanto desgarrador aquel que sólo dan las madres despojadas de lo que más quieren.

Minutos antes mamá, que ya estaba rodeada de familiares y amigos cercanos que por esas cosas que nadie entiende pero que confirman el dicho de que «las noticias malas vuelan», la alertaron que estaba bañada en sangre. Se lavó la cara y los brazos para que su suegra no viera en ella la gravedad del accidente.

Mi abuela pedía a gritos ver a su pequeño, que alguien le explique cómo estaba, al médico de guardia, a las enfermeras, a mi madre «¡tú sabes, dime cómo está mi hijo», le decía mientras la zarandeaba. Mamá no articuló palabra, en verdad no articuló ninguna desde el momento del accidente, salvo para indicar su destino al tomar el taxi, estaba en shock no pudo decirle a mi abuela que cuando llegó al hospital los médicos sólo confirmaron que Pablito ya había dejado de existir, que no resistió la doble embestida del desalmado que lo atropelló, que Pablito la llamó un par de veces que fue lo último que dijo en sus brazos antes de morir; nada, no pudo expresar el horror que vivió.

El médico intentaba calmarla, pero ella se negaba a que le inyecten algún calmante, ni agua de azahar quiso recibir, «quiero ver a mi hijo» es lo único que repetía. Nadie se atrevió a informar a aquella mujer desesperada, por temor a que no lo resistiera, que su pequeño de seis años había muerto.

Mi abuela se negaba a aceptarlo, ella era la única que lo sabía, que lo supo desde que amaneció, no se atrevía a ponerle nombre ni rostro a la tragedia que su sexto sentido le advirtió que ocurriría. Se negaba a reconocerlo, se negaba a darle forma al presentimiento, a la angustia que la agobió desde las primeras horas del día.

Mi padre llegó al hospital en ese momento, se identificó como el estudiante de medicina que era, le permitieron ingresar a la sala de emergencias. Sobre la camilla halló a su hermanito tendido, bañado en sangre, una sábana blanca trataba de aminorar la impresión que daba verlo, estaba destrozado, con el cráneo fracturado, los ojitos cerrados, con raspones y moretones y un tremendo agujero al lado derecho del rostro. Aún así tenía la carita limpia… en realidad fue lo único que pudieron hacer las enfermeras por él: lavarle la cara.

Mi madre se vio en un espejo que había en la emergencia del hospital y notó que sus piernas estaban cubiertas de sangre, agradeció que mi abuela no lo notara.

Caminaba como un zombie, deambuló y alcanzó la calle, subió a un taxi y retornó a casa. El taxista quedó impresionado al ver su estado, tenía sangre hasta en los cabellos, mi madre se equivocó si pensó que mi abuela no imaginó la magnitud del accidente con solo verla. Mamá aseguraba que el trayecto del hospital a la casa fue interminable, que el taxista dio varias vueltas o tomó el camino más largo antes de llegar a destino. Yo imagino que no quiso interrumpirla pues ella desde que subió y ante la pregunta de que si se encontraba bien, empezó a contarle con todos los detalles la tragedia que acaba de ocurrir, habló y habló sin parar.

Mi padre no pudo resistirlo, se quebró, se estremeció al ver el estado de su hermano y sollozó casi en silencio hasta calmarse. Respiró hondo y trató de estar sereno.

—Cálmate mamá, te voy a decir la verdad, pero cálmate— Y se lo dijo.

Mi padre nunca habló de ese momento, ni recuerdo que él nos contara detalles de ese día tan triste, solo supe que abrazó a mi abuela y en un solo llanto lloró con su madre al hermanito muerto.

Caído del cielo

mayo 20, 2009 

Esa mañana desperté más temprano de lo habitual, era domingo de paseo familiar, mamá disponía todo para que nada quede fuera de lo planificado— ahora mirando en retrospectiva sigo sin comprender cómo lograba esa proeza con diez hijos a los que guiar y organizar, pero lo conseguía— estábamos a la hora acordada bañados, desayunados, cambiados y sentados todos, no sé cómo, en el pequeño Goggomobil rojo de papá. 

Tras un par de horas de recorrido llegamos a Mala, un poblado en Cañete al sur de Lima. Un bello valle con mucha vegetación, árboles, flores, aves de bonitos colores y mejores trinos, una colina y lo más bello a lo lejos, el mar que formaba una gran mancha ondulante azul en aquella playa de fina arena.

No fuimos la única familia que llegó al punto de encuentro, lo hicieron los amigos de papá con las suyas, formaban una comunidad muy cercana y cerrada, eran masones de la Logia Virtud y Unión, de la Gran Logia del Perú —entre ellos se llaman «hermanos»—por ende sus hijos nuestros primos, aunque debo admitir que nunca los pude considerar así, tal vez porque mi familia es tan numerosa que no necesité sumar a nadie más a mis juegos.

Los adultos ataviados de gorras, lentes oscuros, pantalones cortos, se reunieron en un gran espacio para preparar una pachamanca, conversaban y reían en voz alta, la música de algún equipo a pilas amenizaba el momento. 

Las mujeres se encargaron de trocear las carnes de res, de chancho, de pollo, de limpiar las yucas, los camotes, los choclos, las papas y habas;  separaron las hojas de plátano que luego servirían para cubrir los alimentos que se asarían en el gran pozo bajo tierra. Pozo que los hombres con lampa en mano se encargaron de cavar para el almuerzo a la usanza milenaria.

Aunque mamá estaba distraída no dejaba de estar atenta a sus hijos, a las menores nos encargó con nuestros hermanos mayores, y a todos nos prohibió ir al río. 

Ellos quisieron ir a la playa y nosotras no, nos quedamos cerca jugando entre los cultivos de plátanos. Yo tenía siete años, Mariella un año más, Susy uno menos y Marisol a pocos días de cumplir los cuatro. No necesitábamos, para jugar, la compañía de primas genéticamente reconocidas o a las que por amistad la vida nos regaló. 

Jugábamos siempre entre nosotras, y ese día no fue distinto. Nuestros hermanos nos indicaron que nos quedemos allí mientras ellos corrieron en busca del mar. Así lo hicimos por un buen rato, pero sin darnos cuenta llegamos al río. Era casi un riachuelo un poco angosto, de aguas cristalinas poco profundas y muchas piedras. Nos olvidamos de la prohibición de mamá y nos entregamos al disfrute del chapoteo al aire libre.

Fue divertido, a diferencia del mar estas aguas no eran saladas, no se formaban olas y la arena no se quedaba atrapada en el entrepiernas entre los pliegues de la ropa de baño. Sorteando y saltando sobre piedras avanzamos algunos metros, no cambió la profundidad, el agua nos llegaba a poco menos de la cintura por más que nos adentramos despreocupadamente. A lo lejos notamos algo que nunca habíamos visto ni imaginado, el río, nuestro río desembocaba en el mar. Ese angosto cauce se convertía en una playa inmensa, con olas no muy grandes y en ellas se bañaban nuestros hermanos y primos, los postizos y los reales. Intentamos llamar su atención a gritos, pero no escuchaban, era difícil, el río tenía su propia voz,  su propio sonido compuesto por el discurrir del agua golpeando las piedras, era una resonancia única. Al no ser escuchadas decidimos alcanzarlos y sorprenderlos uniéndonos al grupo.

Tomadas de las manos, sorteando piedras, mirándonos los pies en el agua cristalina, jugando y riendo nos fuimos acercando, o eso creímos, caminamos por un buen rato sobre lodo resbaladizo pero no teníamos cuando llegar. El camino se hacía largo, y la distancia parecía la misma, siempre lejana. 

Cansadas nos propusimos volver, el nivel del río había crecido sin que lo notáramos, el agua nos llegaba a las mayores del grupo a la mitad del pecho y a la menor de mis hermanas casi al mentón, aún faltaba mucho para llegar al mar y desilusionadas porque nunca nos vieron ni oyeron mis hermanos, dimos media vuelta.

Fue recién en ese momento que caímos en cuenta que era imposible volver, el miedo se apoderó de inmediato del grupo, habíamos avanzado a favor de la corriente, regresar representaba literalmente luchar contra ella. Tarea titánica, al parecer no habíamos llegado hasta allí por nuestra propia voluntad, el Río Mala había decidido no dejarnos retornar.

El pánico hizo presa fácilmente de nosotras, gritamos desesperadas, luchamos contra la fuerza de las aguas, llamamos insistentemente a nuestros hermanos, pero nada, no nos oían ni veían, seguían divertidísimos a sus anchas en el mar. 

El río siguió aumentando su caudal y embraveciéndose, caímos varias veces, el suelo era resbaladizo y las aguas algo caudalosas —al menos así las sentíamos a nuestra corta edad—. Nos  incorporamos una y otra vez con dificultad pues el torrente nos arrastraba, las piedras grandes y pequeñas impactaron en nuestras rodillas, codos, brazos, cabezas pero en ningún momento nos soltamos, seguimos cogidas fuertemente de las manos. 

Las mayores cogimos a las menores, Mariella logró asirse a un peñasco envolviendo su delgado brazo en él y con la otra mano no soltó a Susy. Yo pude mantener la pequeña manito de Marisol, y abrazarme a otra peña que sobresalía en la orilla. Formamos una débil cadena de cuatro cuerpecitos golpeados contra las piedras.

La más pequeña de mis hermanas no oponía ninguna resistencia, no podía, sus pies ya no tocaban el fondo, su cuerpo casi era arrastrado por la violencia de la corriente que me la quería arrancar de la mano, la que aún le daba una esperanza de vida, con mucho esfuerzo mantenía su cabeza a flote. 

Fue una lucha de supervivencia, el caudal subía y el agua nos llegaba casi al cuello a las que aún nos manteníamos en contacto con el suelo.  

No podría precisar cuánto tiempo pasó, por cuánto tiempo sostuvimos esa lucha desigual, el río dejó de ser placentero, era violento, y poderoso nos golpeaba intentando alejarnos de la orilla, apartarnos de esas rocas que eran los únicos nexos para mantenernos vivas. Era como si se hubiera enfurecido por querer dejar sus aguas y preferir el mar. Poco a poco sentimos que ganaba la batalla, nuestros pequeños brazos quedaron sin fuerzas. El llanto, el miedo, el dolor, el agua que tragamos y escupimos una y otra vez fueron doblegando nuestro espíritu de lucha, mientras a los lejos veíamos a nuestros hermanos y primos continuar en su jolgorio sin fin. 

No había nadie en los alrededores, nuestras voces eran opacadas por el ruido de la naturaleza y nuestros padres estaban muy lejos para oirnos, no imaginaban lo que pasábamos, suponían que seguíamos con el grupo de niños tal como nos habían indicado. 

De pronto una voz enérgica y firme se oyó de la nada: —¡dame la mano!— dijo casi como una orden. 

Miramos hacia arriba de donde provenía ese mandato. Un joven extendía su mano con mucho esfuerzo, oponiendo resistencia para no resbalar,  casi alcanzaba la mía. Supe en ese instante que si me alzaba perdería a mi hermana que bamboleaba sin resistencia cogida de mi otra mano. Intenté varias veces jalarla y entregarla al hombre aparecido de la nada. Pero la fuerza del río era mucho mayor. 

Sentía mi brazo desgarrarse pero mis músculos respondieron a la altura de mis intentos, mi hermana no me soltaba ni yo a ella, de pronto un último esfuerzo y una fuerza inexplicable que solo se pone en evidencia en situaciones extremas salió de algún lugar del fondo de mi ser.  Venciendo la furia del río pude acercar la pequeña mano que sostenía, a las de nuestro salvador. 

El joven, al borde del risco, sostenía otra batalla contra la arenilla que le jugaba una mala pasada y resbalaba cada que se esforzaba por alcanzarnos. De una en una y de un tirón, nos puso a salvo. 

Cuando lo peor pasó el joven —del cual solo recuerdo su cabello y ojos oscuros, así como su sonrisa amable—, nos indicó el camino de regreso. Hasta hoy recuerdo como un cuadro, la imagen de nuestros padres y sus amigos riendo y conversando, a quienes vimos desde lo alto totalmente ajenos al drama que estuvieron a punto de vivir.

Tras unos segundos de reconocernos sanas y salvas, y limpiarnos las lágrimas de los ojos, nos volvimos seguras de que bajaríamos en compañía del oportuno extraño, pero no estaba. 

Nos encontrábamos solas en lo alto de la roca, no lo volvimos a ver, era inexplicable su desaparición tenía que tomarle un tiempo el descenso, pero aún así no lo vimos en el camino. 

Nunca hablamos del tema, ni contamos a nadie de esta experiencia, fue el gran secreto que nos acompañó de por vida, pero no se equivoque estimado lector, no fue el secreto de que casi nos llevó el Río Mala haciendo gala de su nombre, ni la desobediencia a mamá. No, nuestro gran secreto fue guardarnos para nosotras el descubrimiento de que los ángeles existen y… que no necesitan alas para subir y bajar del cielo.



 

Recreo de café

Los recuerdos de mi niñez suelen ser lejanos, aislados, vagos,  como fogonazos o destellos activados por una chispa; pero hay algunos que son imborrables, que se alojaron como tinta indeleble en mi memoria. Uno de ellos ocurrió en un año mágico cargado de experiencias irrepetibles, diferente a cualquier otro; ahora entrañable.

Los primeros años de mi infancia transcurrieron en una antigua casa de quincha y adobe, lo suficientemente amplia para acoger a mi numerosa familia; su arquitectura y acabados estaban cargados de hermosos detalles: vitrales, paredes con diseños en alto relieve, pisos con losetas italianas, arcos al estilo colonial, las habitaciones con doble puerta: una manpara de vidrio y una de madera; era el segundo nivel de una residencia dividida; se accedía a través de una escalera de ventiún gradas de mármol —las contábamos durante nuestras locas competencias de bajar a velocidad, sentados rebotando de peldaño en peldaño—,  las cinco habitaciones dispuestas a ambos lados daban espacio a un amplio y largo corredor que a la sazón era el patio de nuestros juegos, muy iluminado por un  tragaluz;   terminando de subir las gradas de mármol nos recibía un ventanal con sus vidrios de colores, unos pasos a la izquierda y te topabas con la sala, unida al comedor a través del patio que atravesaba la casa. El primer ambiente privado, estaba dispuesto como oficina de mi papá —proyectado para que algún día sirviera como su consultorio médico— contaba con un escritorio de madera, un teléfono negro con disco para marcar, cuadros, una pizarra y anaqueles con libros, archivadores y documentos.

A diferencia de mis siete hermanos mayores, nosotras no fuimos al colegio ese año. No estuvimos matriculadas en ninguno, no nos compraron uniforme, no tuvimos movilidad, ni lonchera ni mochila, no nos dejaban tareas para la casa, pero sí que estudiamos, sí cursamos el año escolar.

Fue la oficina, la que algún día debiera ser su consultorio, de papá la que se convirtió en nuestra aula multigrado para mí y para mis hermanas Mariella y Susy. Ese año no alcanzamos matrícula regular, la razón no la conocí ni la cuestioné, la señorita Alejandrina Mallorga fue la maestra quien se encargó de nuestra educación.

Era una mujer  joven, agraciada, de unos treinta y dos años, alta, delgada, acostumbraba llevar el cabello recogido atado a un moño, gustaba de vestir con el atuendo con que se estereotipa a las maestras: blusa de botones cerrada casi hasta el cuello, falda entubada bajo las rodillas, zapatos de taco bajo, medias de nylon y anteojos; en una mano la regla y en la otra la  tiza. Las normas y reglamentos guiaban su accionar, era muy exigente con su cumplimiento. Llevaba consigo el registro de notas oficial del Ministerio de Educación; seguía a pie juntillas la currícula escolar. A falta de un timbre —como los que se utilizan en los colegios desde épocas inmemoriales— llevaba una pequeña campana de bronce; con ella anunciaba, marcaba las horas: el ingreso, salida, recreos, cambios de hora y cualquier otro acontecimiento que debía anunciarse.

A  las ocho en punto de la mañana sonaba la campanita durante treinta segundos; suficiente alarma para salir corriendo desde distintos puntos de la enorme casa,  jugábamos, nos empujábamos en la fila, nos jalábamos el cabello, todas las chiquilladas propias de la edad. En la formación nos ubicaba una delante de la otra, de la más baja a la más alta, tomábamos distancia prudente calculada con la extensión del brazo izquierdo,  presentábamos nuestro respeto a la Patria entonando  en voz alta el himno nacional en posición de firmes frente a la banderita que sobre el escritorio tenía mi papá, al finalizar la última nota se escuchaba con voz de orgullo nacional un fuerte ¡Viva el Perú! a lo que nosotras respondíamos al unísono ¡que viva!  Acto seguido nos encomendábamos al Padre Celestial para que nos ilumine y proteja en la semana: un Padre Nuestro y un Ave María; tomaba lista y empezaba su clase.  Todos los días iniciaban sin variación alguna, con puntualidad y exactitud.

La señorita Alejandrina era muy estricta, los juegos no eran tolerados ni en formación y mucho menos en clase; resolvía las indisciplinas a la antigua, era una convencida de que  «la letra con sangre entra», no tenía miramientos en sus castigos: un reglazo en la mano si llegábamos tarde, conversábamos en clase o no cumplíamos la tarea, podían ser dos si éramos reincidentes. Pero su castigo favorito y sin duda el que mejor entendíamos, era el jalón de patillas, el que puedo asegurar nos elevaba por lo menos dos centímetros del suelo.

Nuestra timidez extrema nos llevaba a aceptar en silencio, con algunas lágrimas corriendo por las mejillas, ese castigo de siglos pasados. Sin embargo no lo aplicó por mucho tiempo, Susy de cinco años y yo de seis nos preparábamos para el examen de ingreso del siguiente período escolar al primer grado de primaria, mientras que Mariella de siete, postularía a segundo. Susy, que nunca había asistido a colegio alguno, no se adaptaba al régimen impuesto por la profesora, al menos yo había hecho Kindergarteen y transición, mientras que Mariella ya había llegado a primero, lo cual nos hacía comprender que en el colegio la máxima autoridad, era la maestra y no papá como era en casa. Para ella allí radicaba su gran confusión: si el «colegio» era en casa ¿quién ejercía la mayor autoridad?, sin duda seguía siendo papá y así se lo hizo saber una mañana a Miss Alejandrina, quien cansada de llamarle la atención por sus continuas inclinaciones al juego le jaló las patillas y le dio con la regla en la mano, mi hermana pequeña, que ya daba visos de su carácter rebelde —que sacó a relucir en su adolescencia—, reaccionó con una fuerte patada en las canillas que dobló en dos a la profesora, a la vez que le gritó un sonoro y prolongado ¡imbeeeeeciiiil le voy a decir a mi papá! y salió corriendo del salón zafándose de las manos de la maestra quien intentaba detenerla.

Si mi papá habló o no con Miss Alejandrina cuestionando sus métodos arcaicos, no lo supimos, tal vez no nos lo dijo para no restarle autoridad, pero lo cierto fue que no más tomó el castigo físico como parte de sus recursos disuasivos para su reducido alumnado, de alguna manera la más pequeña del aula hizo justicia.

En aquellos tiempos las clases escolares se dictaban en doble horario, de ocho a doce del mediodía y de dos a cinco de la tarde; en los intermedios se aprovechaba para que tanto maestros como alumnos almorzaran. Miss Alejandrina lo hacía en su casa a pocas cuadras  y nosotras en la nuestra.

En cada turno, de la mañana y la tarde, gozábamos de un recreo de quince minutos. Los días que más nos animaba eran los que mi mamá salía a visitar a la tía Gladys, su hermana menor, internada en un hospital, y encargaba a mis hermanitos más chicos a la profesora.

Miss Alejandrina nunca se negó al pedido, respondía siempre con una sonrisa de amabilidad el encargo, abría la puerta  que daba al patio y dejaba ingresar a los pequeños de cuatro y tres años; mi mamá estaría alcanzando el escalón diecinueve de las escaleras de mármol, cuando Miss Alejandrina depositaba a mis hermanitos en el balcón y cerraba la puerta.

Los vigilaba con el rabillo del ojo, no tenía que hacer mucho esfuerzo porque los pequeños se quedaban junto a la puerta de vidrio.

Para ellos era toda una novedad vernos en un salón de clases, escribiendo no se qué en la pizarra y en unas sillas extrañas, que nunca antes habían visto: las carpetas bipersonales. Pegaban la cara al vidrio de la puerta y al otro lado Susy —quien no desperdiciaba ocasión para el juego— hacía lo propio en la parte opuesta.

Miss Alejandrina había sucumbido  a sus amenazas de acusarla con papá y no protestaba ante el juego de los niños. La única regla que les dio fue no  hacer ruido, ni hablar; eso no fue problema, como niños encontraron muy entretenido aplastar la nariz, los cachetes, sacar la lengua y retorcer la frente, en medio de abundante saliva compitiendo en lograr quien deformaba más el rostro.

Esas salidas de mamá nos animaban, pues sabíamos que al volver invitaría a Miss Alejandrina a tomar un café a la hora del recreo. Los primeros meses respetaron los quince minutos establecidos, conforme pasó el tiempo se hicieron amigas, los recreos se prolongaron, primero a veinte minutos, luego a veinticinco, treinta y hasta cuarenta minutos podía demorar antes que la profesora saltara de su asiento al notar que la hora pasaba.

Gozábamos de los recreos más largos de los que tuviera cualquier niño o niña en etapa escolar. Incluíamos al recreo a nuestros hermanitos Arturo y Marisol que andaban buscándonos sin cesar; corríamos por toda la casa, por los dos ingresos a la sala, a la cocina, a las habitaciones con sus puertas secretas que comunicaban unas con otras, hasta la zona del servicio doméstico, era ideal para jugar a la pega —conocida hoy como las chapadas—, siete pecados y a las escondidas.

Establecimos una norma: «nada de ir por el comedor» que era  el lugar de los prolongados cafecitos, ni la azotea donde estaba Bronco, nuestro pastor alemán cruzado con gran danés, que al correr hacía temblar toda la casa y de seguro nos delataría. Con juegos más o juegos menos, con cafecitos y formación así transcurrió el año, las semanas no eran muy distintas unas a otras, salvo por una, que fue atípica y que inició por un fuerte acontecimiento de un día de octubre.

Jugábamos a las escondidas —la casa era aparente para ello, tenía incontables recobecos—, podíamos ocultarnos debajo de cualquiera de las doce camas: de los once hermanos y la de nuestros papás; en la ducha detrás de las cortinas, en el gran cajón de madera con la ropa soleada lista para planchar —cajón que alguna vez fue el corralito de mis hermanos mayores—, en el inmenso ropero de cedro antiguo del cuarto de mamá con dos puertas, una con un gran espejo a cuerpo entero y la otra que daba acceso a los cajones, sobre ellos se colgaban los abrigos, ternos, camisas, vestidos y toda prenda de vestir de papá y mamá. Estaba ubicado en una esquina de su habitación formando un ángulo, justo el necesario para el escondite de nuestros pequeños cuerpos.

Era viernes y como tal el recreo y el cafecito fue de los más prolongados, ya el reloj marcaba las cuatro y cuarenta y cuatro de la tarde cuando ocurrió algo inusual. El ropero de mamá fue elegido por Mariella y yo para refugiarnos, ella en el interior y yo detrás. Susy «la contaba»; Arturo y Marisol eran mantequilla jugaban y se escondían de la manera más visible posible, mamá y Miss Alejandrina en el comedor.

Susy entró sigilosa a la habitación, los pequeños debajo de la cama fueron descubiertos sin mayor esfuerzo, yo calculaba cuál sería el atajo para correr a la barrera y gritar un fuerte ¡ampay me salvo¡ en silencio absoluto con el corazón agitado por temor a ser descubierta. Estaba en esas cavilaciones cuando sentimos que se movía el ropero, Mariella me increpó «Lily deja de moverte» me dijo con voz muy bajita pero como siempre mandona; «no me estoy moviendo» le dije igual muy suavecito; de pronto el movimiento fue más violento y llegó acompañado de un fuerte ruido. Un sonoro y prolongado grito de  ¡TERREEEMOOOTOOOO!  nos hizo salir corriendo de nuestros escondites. Susy nos había descubierto pero cuando intentaba decir «ampay Lily o ampay Mariella» sintió el movimiento y su alarido nos confirmó lo que estaba pasando.

Corrimos en busca de mamá a la vez que ella y Miss Alejandrina nos daban el encuentro en el medio del patio, Bronco bajó cual rayo y ladraba sin cesar, la inmensa casa cuyas columnas revestidas de quincha y adobe eran de caña se movía como si estuviera sometida al vaivén de unas olas inexistentes, nos era difícil pisar firme. Los cinco niños nos prendimos de mamá, inmovilizándola.

Mi madre, que siempre fue de una figura fina, esbelta, de piernas muy delgadas, de aspecto frágil pero muy fuerte y serena, pidió apoyo a la profesora para abandonar la casa. En ese instante Miss Alejandrina caía de rodillas implorando al cielo que amaine su furia. A partir de ese instante lo que recuerdo es que entré en un estado de pánico,  tanto por el terremoto como por la transformación de mi maestra.

Miss Alejandrina yacía en el piso arrodillada, con los brazos extendidos hacia el cielo —en verdad hacia el techo— con una voz que no era la suya —estaba convencida que había sido poseída por un ser espectral, tal vez de otro mundo—, ronca y potente  clamaba a voz en cuello «¡DIOS MIOOO APLACA TU IRAAAA!, ¡OOOH SEÑOR PERDONA NUESTROS PECADOS, NO NOS CASTIGUEEEES ASÍ!» y otras frases más en medio de rezos y oraciones, mientras la casa seguía temblando, los adornos y cuadros caían al piso, los vidrios de las ventanas reventaban y mi madre tratando de andar con cinco niños aterrorizados llorando, prendidos de ella.

Bronco no dejaba de ladrar dando vueltas sobre sí, desesperado. Fueron cuarenta y cinco segundos lo que duró el sismo, uno de los más violentos y destructivos que ha sacudido Lima, de más de siete grados en la escala de Richter. Para completar la pavorosa escena: el movimiento brutal de la tierra llegaba acompañado de un impactante ruido, como si miles y miles de gigantes piedras rodaran por la ciudad arrasándolo todo.

Como pudo y sacando fuerzas de no sé donde, mi mamá dejó a Miss Alejandrina con sus rezos y bajó las veintiún gradas con sus cinco hijos. Cargó a Marisol, la más pequeña con un brazo, con la otra mano cogió a Susy y Arturo,  a Mariella y a mí nos instruyó para no soltarnos de su vestido, Bronco iba adelante abriéndole paso; cuando  estábamos alcanzando el último escalón, un bólido pasó al lado nuestro gritando y llorando, llegando a la calle antes que mi mamá y sus hijos, era Miss Alejandrina que cuando una gran porción del techo cayó al lado suyo, se convenció que sus ruegos no serían escuchados.

Muchas viviendas se desplomaron, la nuestra quedó con algunas grietas, vidrios rotos, pero de pie. La maestra no volvió en una semana —marcó el cambio para las que vendrían después—; no sabría decir con precisión si no retornó por remordimiento al quedar en evidencia su disminuido sentido de solidaridad o si aún no se reponía del susto, pero finalmente volvió. Supe que mi padre la convenció que retomara las clases y a nosotras nos advirtió que el tema del temblor no se tocaba con la profesora.

Un lunes llegó con la misma serenidad de siempre: sonó la campanita, corrimos a la formación, entonamos el himno nacional con más entusiasmo que antes, rezamos con mayor devoción; todo poco a poco fue recobrando su rutina, o mas preciso es decir «casi todo», pues algo se rompió y cambió definitivamente: no más tardes de prolongadas charlas de café y nunca más esos recreos espléndidos e interminables de mi niñez.

La Boda

La casa era un alboroto, todos corrían, la hora de la boda se acercaba. Solo el novio estaba listo. Las hermanas concentradas en su arreglo personal y los hermanos asegurándose que no se escape ningún detalle para recibir a los cientos de invitados que llegarían a la recepción.

En la cocina, era otro el panorama. El cocinero, su esposa y sus ayudantes contratados para la ocasión, trataban de arreglar lo irremediable. El nauseabundo olor que los rodeaba y que invadía poco a poco la residencia era insoportable. Ni sus cientos de trucos culinarios sabían cómo resolver el problema…

La historia comenzó dos días antes a las 4:30 de la mañana.

—Juan levántate, debemos ir al terminal a recibir la encomienda de tu hermano— le decía su padre.

El joven somnoliento demoró en desperezarse, llegaron al terminal terrestre y les informaron que una avalancha de lodo y piedras bloqueaba la carretera en diferentes tramos y que sería imposible que llegue en el día y en la hora programada. 

—¡Regresen mañana!— decían a voz en cuello los empleados de la empresa.

Los dos hombres no tuvieron más remedio que volver sin la preciada carga enviada desde Satipo.

En casa la mamá recibió la llamada de Aurelio preguntando si había llegado su encargo.

—No hijo, todavía no llega, la carretera está bloqueada por un huaico— respondió su madre. Aurelio no se preocupó, los campesinos con su sabiduría milenaria se habían encargado de ayudarlo a preparar el envío.

En la madrugada del siguiente día, otra vez la voz de su padre —¡Juan levántate! ya debe haber llegado el autobús, vamos por la encomienda—

A regañadientes por su sueño interrumpido por segunda vez, Juan incapaz de contradecir a su padre, se puso de pie, cogió una camisa, un pantalón y salió.

Al llegar al terminal terrestre, otra vez la desilusión.

—Todavía no llega el autobús. Demoró en despejar la vía, la carga debe estar al mediodía en Lima— informó el empleado de la agencia de transportes.

Fastidiados regresaron sin la encomienda.

Al mediodía Juan y su padre volvieron al terminal, por fin llegó el envío con más de veinticuatro horas de retraso.

Al llegar a casa, la casi docena de hermanos y sobrinos rodeaba la gran caja, la más grande que hasta el momento había enviado Aurelio, el hijo que ya profesional, era el primero que salía de la casa paterna para hacerse hombre y poner en práctica lo aprendido como recién graduado Ingeniero Agrónomo.

Por su voz en el teléfono, era evidente que se ufanaba de que el gran festín que se darían esa noche, era gracias a su dedicación y esmero para preparar el regalo de bodas, decía orgulloso que fueron varios meses de la mejor comida, nada de basura, frutas, verduras y animales pequeños para el engorde.

Doña Mafi, como correspondía, fue la encargada de abrir el gigantesco paquete, empezó por retirar las páginas de El Comercio que servían de envoltura cubriendo la caja de cartón, la que encontró húmeda, más bien mojada con un extraño aroma. 

La prenda estaba cubierta con toda clase de hierbas: aromáticas, medicinales, alimenticias, especias, sal y otros mejunjes para protegerlo del clima y de las largas horas de viaje.

Las hijas y sobrinas que observaban atentamente el ritual de ir quitando poco a poco cada una de las cubiertas iban retorciendo la cara, frunciendo el ceño y tapándose la nariz conforme se acercaban a la preciada prenda.

Hasta que por fin la última hoja de parra o de plátano puso al descubierto un inmenso lechón de ¡treinta kilos! Expelía un olor intenso a carne cruda, a sangre coagulada, un aroma extraño.

—Huele feo— decían.

—Así huele el chancho crudo— se apuró en explicar el padre.

Doña Mafi tenía sus dudas, pero no se atrevió a contradecirlo, nunca lo hacía, mucho menos delante de los hijos. Se apuró a sazonarlo, debía macerar un rato antes de ir al horno y estaban contra el tiempo, la boda se celebraría a las cinco de la tarde.

Una hora después el chancho sazonado había cambiado de fragancia, ya no despedía ese tufillo de carne cruda y sangre coagulada, el olor era más penetrante, indefinido, entre defectuoso y mejorado con vinagre, ajos y ají panca. Tenía un color rosáceo más bien triste que saludable. La mezcla de ingredientes disimulaba ligeramente su apariencia.

El padre de familia de voz enérgica y carácter fuerte se impuso ante los primeros comentarios de que el chancho estaba malogrado.

—Ustedes qué saben, así es el olor del chancho, ya van a ver cuando esté horneado, Juan acompáñame a dejar el chancho en la panadería— dijo.

El horno elegido para preparar el lechón, fue el de una próspera panadería de unos italianos instalados estratégicamente en la intersección de dos avenidas importantes en Jesús María. 

Era la más grande y visitada de la época. No solo vendían pan, ofrecían desayunos y el té de media tarde, jugos y sándwiches, tenían mesitas adentro y afuera, la concurrencia estaba asegurada, nunca dejaban de tener clientela. 

Romeo, era el nombre de esa panadería con grandes letras rojas de luces de neón. Don Vicente que era médico de profesión buscó al dueño, uno de sus pacientes más leales, con la seguridad de que sería atendido con prontitud, no se equivocó. Fue recibido con la zalamería y alegría característica de los italianos.

—¡Doctor Buona sera, benvenuti— decía a toda voz mezclando el castellano con su lengua natal, gesticulando exageradamente y moviendo los brazos don Luigi Romeo.

—¿en qué le puedo a servire? ¿cosa devo a privilegio?—

—Tengo una emergencia— decía el médico mientras Juan entraba atrás suyo con la gran fuente conteniendo el chancho macerado.

—Mi hijo se casa en unas horas y tengo urgencia de hornear el chancho para la recepción— le dijo.

—No hay nessuno problema, déjelo no más e ritorno en due ore, que ya estará listo— dijo el italiano orgulloso, cortésmente y hasta emocionado por tener el honor de que uno de los médicos más prestigiosos elija a su panadería para hornear el plato de fondo de su recepción.

La hora de la boda se acercaba, las mujeres de la casa que sumaban más de una docena entre la madre, las hijas, las nueras y las sobrinas, volvían de la peluquería apuradas a continuar con el arreglo personal. Que el vestido, que los zapatos, las medias de nylon, las fajas para algunas, el corsé de la mamá, que el moño, el maquillaje y demás. 

Mientras los hombres se ocupaban de acomodar las últimas cajas de cerveza, las sillas y las mesas para la recepción, tenían que verse ocupados en algo, porque ya conocían la reacción de su padre ante la celebración de un matrimonio en la familia: conforme se acercara la hora entraba en un estado tal de excitación que hasta el vuelo de una mosca lo hacía perder los papeles, mucho más si alguien estuviera tranquilo sentado esperando el último momento para cambiarse. 

El único que estaba listo desde temprano y se paseaba sin apuro era el novio. Con su terno oscuro impecable, su camisa recién planchada, los zapatos relucientes, refunfuñando por tanto alboroto; su convicción juvenil de los días de estudiante de la universidad decana de América, le hacían rechazar «los gastos superfluos de la burguesía limeña». 

A la hora convenida con Romeo, Juan fue nuevamente el designado para ir y recuperar al invitado principal de la recepción: el lechón. Aunque odiaba ser siempre el elegido para las tareas por ser el hijo mayor, no expresaba su molestia y cumplía las órdenes sin dudas ni murmuraciones. Se descargaba con sus hermanos menores.

—¡Eduardo, acompáñame a recoger el lechón!— le dijo con voz autoritaria que no permitía negativas.

Fueron en busca del lechón y en el camino comentaban riendo de los apuros y nerviosismos habituales en la familia cada vez que se presentaba una boda. Siempre había una anécdota que recordar, ¿cuál sería la de esta ocasión?.

Cómo olvidar la imagen de su padre saltando molesto, cual niño con rabieta sobre su máquina de afeitar, que la halló sin filo, harto porque una de sus seis hijas o tal vez las seis, la utilizaron para depilarse piernas y axilas justo el día en que sería el padrino de bodas de su hija mayor.

Recordaban a Fátima llorando el día de su matrimonio por la torta hecha con el peor gusto decorativo que se pueda uno imaginar, de un solo piso, plana y con una media luna de papel platino, que más que adorno parecía un velero maltrecho recién naufragado, que dejaba ver sólo lo que quedaba de él. 

La tía Luci fue la elegida para preparar este pastel, otrora la mejor representante de la familia en estos menesteres por sus dotes en repostería.

Acostumbraba presentar pasteles de tres y cuatro pisos, con espectaculares esculturas en hielo, piletas y cisnes enamorados  derramando agua con luces de colores, despertando la envidia y admiración de los concurrentes.

Nunca confesó que quien era el verdadero artífice de tal arte era uno de sus hijos, que para ese momento radicaba en el extranjero, no quiso defraudar a la familia y se aventuró con el pastel. Para nadie fue extraño que se negase a mostrar su creación, era su costumbre sorprender a los novios pocas horas antes de la recepción.

—¿Qué es eso?— decía entre sollozos la novia mientras señalaba la media luna. —Representa la luna de miel, hijita— decía la tía con una mirada medio perdida.

Don Vicente quiso consolar a su hija y acabar con las risas y burlas contenidas de los hermanos. Intentó retirar la media luna para colocar la pareja de novios que usualmente decoran las tortas matrimoniales. Jaló el adorno, pero no contaba con que esa media luna que se veía por fuera era parte de todo un armatoste de metal cubierto con la masa de la torta, al intentar retirarla, el pastel se levantó cual volcán en erupción provocando el llanto a moco tendido de la novia. 

Esa fue la primera ocasión en que don Luigi Romeo ayudó a don Vicente para la boda de un hijo, le vendió la cantidad suficiente de piononos rellenos con manjarblanco para redecorarla y disimular las grietas que ahondaban su fealdad.

Entre risas y recuerdos llegaron a la avenida Brasil. Mientras estacionaban el auto Juan y Eduardo comentaron lo raro que era no ver a nadie en la panadería ni en las mesitas de afuera ni de adentro. Bajaron del vehículo y percibieron un extraño olor, conforme se acercaban a la panadería el aroma indescifrable era más intenso, al ingresar era repulsivo, el local apestaba, estaba invadido de una fétida presencia invisible. 

Romeo había perdido los modales y la sonrisa, sus facciones denotaban una mezcla de cólera, impotencia y desesperación, estaba muy molesto, ni los dejó entrar, gritaba y gesticulaba esta vez en italiano nato algo que los jóvenes no lograron descifrar pero entendieron muy bien, les entregó la hedionda bandeja y prácticamente los expulsó.

—Merda, prendete questa spazzatura, questa merda— Juan, Eduardo y el chancho regresaron a casa. Los hermanos con las justas evitaron las arcadas que les producía el hedor del marrano horneado.

Presurosos dejaron la prenda en la cocina, casi la aventaron sobre el repostero derramando el sanguinolento aderezo sobre el piso recién lustrado. Poco a poco la casa se fue impregnando de un aroma repulsivo, irrespirable, insoportable.

—Abuelo ¿qué apesta?— preguntaban las nietecitas desde el segundo piso tapándose la nariz.

—¡No apesta nada!— contestaba irritado don Vicente.

Doña Mafi intentó trozar el chancho pero solo al cogerlo sus dedos se hundieron, la carne se deshizo ante la menor presión,  los líquidos del macerado disimulaban algo el inevitable aspecto que presenta  un cadáver en pleno proceso de putrefacción.

La esposa, los hijos, las hijas, las nueras, los yernos, los nietos, las nietas todos sentían que el chancho estaba podrido. Hasta los tres perros pastor alemán de la familia, aullaban como cuando ronda un alma en pena que no descansa en paz porque tuvo una muerte dolorosa y violenta. 

El único que insistía que ese era el olor y la apariencia habitual de los lechones al horno era don Vicente. Se negaba a aceptar que el lechón que con tanto esfuerzo había mandado uno de sus  hijos, en una auténtica muestra de amor filial por su hermano menor que contraería matrimonio, estaba malogrado, sabía además que no había remedio, a esas horas no se podía cambiar de menú y ¡más le valía al bendito chancho componerse para sus invitados!

En el segundo piso el olor, cuál peligrosa niebla infernal iba colándose por debajo de las puertas y las rendijas de las ventanas hacia  los dormitorios, las mujeres corrían por todos lados, nada lo contrarrestaba, ni las delicadas fragancias francesas, ni el incienso que prendieron para combatirlo. Su esfuerzo en peluquería y esmero en el arreglo personal en poco tiempo habrían sido vanos. Faltaban poco menos de treinta minutos para la celebración de la boda.

El cocinero, su esposa y sus ayudantes preparaban los otros bocadillos que habrían de degustar.

Doña Mafi, que ya conocía el carácter tenaz e irreductible de su marido, sobre todo cuando se trataba de la boda de uno de sus hijos, prefirió no contradecirlo, sabía que no era el momento de convencerlo. Pero debía actuar rápidamente, era consciente que el lechón era incomible y tomó una decisión de emergencia, como esas que se toman cuando se está hundiendo un barco y se ordena: «las mujeres y los niños primero», solo que ella optó por los suyos: —pasen la voz a la familia y a los amigos más cercanos, que no coman chancho— dijo con algo de cargo de conciencia, pero a esas alturas era un tema de supervivencia. 

Don Vicente, doña Mafi y el novio abordaron el vehículo que los llevaría a la Iglesia.

El cocinero hasta ese momento guardaba respetuoso silencio sin atreverse a intervenir, pero cuando el marrano regresó horneado, sintió que era un deber dar su opinión y cambiar su versión inicial, la que dió por congraciarse con el jefe. Se armó de valor y tras una bocanada de aire, dijo: —patrón el lechón sí está podrido—.

Recién allí don Vicente aceptó lo evidente, una voz más autorizada que la suya, en la cocina, le aseguraba que ese lechón era incomible. Lo que no esperó el cocinero es que recibiría un encargo tal vez más difícil que el haberse atrevido a dar su veredicto. —Bueno, oiga usted, tome y compre pollo para que podamos tener un plato de fondo— le dijo a la vez que le daba dinero suficiente para la compra.

El cocinero se quedó paralizado, era un veinticuatro de junio, feriado nacional, Día del Campesino, cerca de las cinco de la tarde, ¿qué tienda o mercado estaría abierto a esas horas?, eran épocas en que los grandes almacenes y supermercados no existían y los pocos y pequeños que habían respetaban el feriado, sin jornadas abusivas de trabajo. Pero ese no era el problema de don Vicente, estaba seguro que el cocinero buscaría la forma de solucionar el problema y no se equivocó. 

El cocinero repartió a la esposa, a los ayudantes y él mismo por todos los mercados y paraditas de Lima para llevar por cuartos de kilo o piernas o pechugas, la cantidad suficiente para reemplazar los ¡treinta kilos de lechón!

Antes de salir para la Iglesia, dio una última orden:

—¡Juan bota ese chancho de mierda. Abran todas las ventanas de la casa para que se vaya la pestilencia y apúrate que debes llevar a tus hermanas a la boda!— le dijo.

Nuevamente Juan molesto pero incapaz de protestar obedeció y se descargó con Eduardo.

—¡Vamos, acompáñame a botar el chancho de mierda— le dijo 

—Carga la fuente—  ordenó

—Cárgala tú— respondió Eduardo

—Yo la cargué cuando la trajimos del terminal— increpó Juan

—Y ¿Por qué yo?— replicaba Eduardo

—Bueno carguemos los dos— concluyó Juan

—Uno, dos, tres—  y a la vez cargaron la fuente que pesaba y apestaba. Sus dedos inevitablemente se hundieron en la piel en exceso blanda del lechón. 

El chancho había crecido, ya no cabía en la bandeja.

—¡Se está hinchando, parece que  va a reventar!— decía asustado Eduardo…

La hora avanzaba y debían llegar a la boda, decidieron acabar con el suplicio.

—Tú carga la fuente que yo debo conducir— decía Juan mientras disfrutaba internamente la situación.

—Ni cagando, que vaya en la maletera— respondió Eduardo, marcando así el inicio de su rebelión a los mandados abusivos de su hermano mayor.

Así lo hicieron, a la cuenta de tres depositaron la fuente en la maletera. Uno, dos, tres y…¡zas! El chancho y su jugoso aderezo les salpicó hasta en la cara.

Al cabo de unos quince minutos volvieron apurados a la casa, ya se habían deshecho del animal. Las hermanas esperaban ansiosas, faltaban diez minutos para el inicio de la boda y ellos no llegaban.

Juan y Eduardo se bañaron y cambiaron apurados, ya en el auto camino a la Iglesia, cual alma en pena el olor del chancho los perseguía

—No puede ser ya nos deshicimos de él— decían

Las mujeres exclamaban toda clase de adjetivos y sonidos: —¡apesta, agg, poff, puff, qué asco!, se tapaban la nariz, se cubrían la cara con el chal, no sabían qué hacer. Aguantaron estoicamente el mal olor sin bajar las lunas para no despeinarse y no arruinar el esfuerzo del día entero por arreglarse, pero finalmente el chancho triunfó, la pestilencia era de tal magnitud que se peleaban por sacar la cabeza por las ventanas, prefirieron llegar despeinadas que aguantar el olor que de seguro habría provocado el vómito de más de una.

La molestia de Juan había crecido a tal extremo que vociferaba intentando hacerlas callar adornando sus palabras con toda clase de improperios.

—Carajo! ¡Qué tal raza!, yo que me he soplado todo el santo día con la odisea del chancho y ustedes quejándose porque huele mal, aguanten y no jodan que ya vamos a llegar o se bajan y se van caminando!— gritaba.

Así fue, ni bien llegaron todas bajaron presurosas del auto y lo dejaron a Juan solo, buscando donde parquear, porque para aumentar su molestia la cantidad de invitados a la boda, había ocupado la cuadra entera y no había sitio para estacionar.

Al cabo de diez minutos Juan pudo participar de la boda. Llegó acomodándose el pantalón, cerrando el último botón del saco, sacudiéndose algo de polvo encima e ingresó tranquilo.

—Por fin, se acabó la locura de ese chancho—, pensó.

Cruzó toda la Iglesia, hasta llegar a las bancas delanteras y ubicarse junto a la familia.

Conforme avanzaba un murmullo general iba apoderándose de la concurrencia, el sacerdote levantaba la voz para ser escuchado, pero el cuchicheo crecía acompañado de un extraño olor, los feligreses se miraban unos a otros con miradas acusadoras, los novios intentaban disimular para que no se les arruine la boda, más de uno miraba con disimulo sus zapatos, buscaban alrededor el origen del mal olor. Juan también lo notó, volteó a ambos lados.

De pronto notó que la señora que se persignaba a su lado ya no estaba. ¡Es más, ya nadie había a su alrededor! extrañamente habían quedado vacías varias bancas de la Iglesia alrededor suyo. Entonces fue que lo notó, se dio cuenta ¡La masa sanguinolenta, rojiza y espesa cubría su reloj! La correa de metal con cientos de agujeros que formaban el tejido estaba cubierta de restos de piel del bendito chancho y allí recordó.

Cuando iban a arrojar la prenda, Eduardo se detuvo bruscamente y gritó —¡es la fuente de mamá!—  En esa duda la masa conteniendo el chancho y su guiso se balanceó hacia un lado y hacia el otro derramándose profusamente,  cubriéndolos hasta las muñecas, fue cuando decidieron lanzar al chancho con fuente y todo.

Juan se había bañado y cambiado, pero no cayó en cuenta que cogió el mismo reloj para la boda. Se retiró molesto de la Iglesia…

Es así que terminó la travesía del chancho de pedigrí elegido para una boda. Él, como la preciada fuente quedaron en lo que hoy es el hermoso campus de la universidad Católica y que en ese entonces era el descampado propicio para dejar la carga. Hay quienes asegura que los olores que hasta hoy en día se atribuyen a las aguas servidas con que riegan sus jardines, provienen en realidad del pestilente puerco criado para servir de festín. Yo me inclino a atribuirle el mérito de convertirse en la anécdota infalible necesaria para no romper la tradición familiar.