Los primeros años de mi infancia transcurrieron en una antigua casa de quincha y adobe, lo suficientemente amplia para acoger a mi numerosa familia; su arquitectura y acabados estaban cargados de hermosos detalles: vitrales, paredes con diseños en alto relieve, pisos con losetas italianas, arcos al estilo colonial, las habitaciones con doble puerta: una manpara de vidrio y una de madera; era el segundo nivel de una residencia dividida; se accedía a través de una escalera de ventiún gradas de mármol —las contábamos durante nuestras locas competencias de bajar a velocidad, sentados rebotando de peldaño en peldaño—, las cinco habitaciones dispuestas a ambos lados daban espacio a un amplio y largo corredor que a la sazón era el patio de nuestros juegos, muy iluminado por un tragaluz; terminando de subir las gradas de mármol nos recibía un ventanal con sus vidrios de colores, unos pasos a la izquierda y te topabas con la sala, unida al comedor a través del patio que atravesaba la casa. El primer ambiente privado, estaba dispuesto como oficina de mi papá —proyectado para que algún día sirviera como su consultorio médico— contaba con un escritorio de madera, un teléfono negro con disco para marcar, cuadros, una pizarra y anaqueles con libros, archivadores y documentos.
A diferencia de mis siete hermanos mayores, nosotras no fuimos al colegio ese año. No estuvimos matriculadas en ninguno, no nos compraron uniforme, no tuvimos movilidad, ni lonchera ni mochila, no nos dejaban tareas para la casa, pero sí que estudiamos, sí cursamos el año escolar.
Fue la oficina, la que algún día debiera ser su consultorio, de papá la que se convirtió en nuestra aula multigrado para mí y para mis hermanas Mariella y Susy. Ese año no alcanzamos matrícula regular, la razón no la conocí ni la cuestioné, la señorita Alejandrina Mallorga fue la maestra quien se encargó de nuestra educación.
Era una mujer joven, agraciada, de unos treinta y dos años, alta, delgada, acostumbraba llevar el cabello recogido atado a un moño, gustaba de vestir con el atuendo con que se estereotipa a las maestras: blusa de botones cerrada casi hasta el cuello, falda entubada bajo las rodillas, zapatos de taco bajo, medias de nylon y anteojos; en una mano la regla y en la otra la tiza. Las normas y reglamentos guiaban su accionar, era muy exigente con su cumplimiento. Llevaba consigo el registro de notas oficial del Ministerio de Educación; seguía a pie juntillas la currícula escolar. A falta de un timbre —como los que se utilizan en los colegios desde épocas inmemoriales— llevaba una pequeña campana de bronce; con ella anunciaba, marcaba las horas: el ingreso, salida, recreos, cambios de hora y cualquier otro acontecimiento que debía anunciarse.
A las ocho en punto de la mañana sonaba la campanita durante treinta segundos; suficiente alarma para salir corriendo desde distintos puntos de la enorme casa, jugábamos, nos empujábamos en la fila, nos jalábamos el cabello, todas las chiquilladas propias de la edad. En la formación nos ubicaba una delante de la otra, de la más baja a la más alta, tomábamos distancia prudente calculada con la extensión del brazo izquierdo, presentábamos nuestro respeto a la Patria entonando en voz alta el himno nacional en posición de firmes frente a la banderita que sobre el escritorio tenía mi papá, al finalizar la última nota se escuchaba con voz de orgullo nacional un fuerte ¡Viva el Perú! a lo que nosotras respondíamos al unísono ¡que viva! Acto seguido nos encomendábamos al Padre Celestial para que nos ilumine y proteja en la semana: un Padre Nuestro y un Ave María; tomaba lista y empezaba su clase. Todos los días iniciaban sin variación alguna, con puntualidad y exactitud.
La señorita Alejandrina era muy estricta, los juegos no eran tolerados ni en formación y mucho menos en clase; resolvía las indisciplinas a la antigua, era una convencida de que «la letra con sangre entra», no tenía miramientos en sus castigos: un reglazo en la mano si llegábamos tarde, conversábamos en clase o no cumplíamos la tarea, podían ser dos si éramos reincidentes. Pero su castigo favorito y sin duda el que mejor entendíamos, era el jalón de patillas, el que puedo asegurar nos elevaba por lo menos dos centímetros del suelo.
Nuestra timidez extrema nos llevaba a aceptar en silencio, con algunas lágrimas corriendo por las mejillas, ese castigo de siglos pasados. Sin embargo no lo aplicó por mucho tiempo, Susy de cinco años y yo de seis nos preparábamos para el examen de ingreso del siguiente período escolar al primer grado de primaria, mientras que Mariella de siete, postularía a segundo. Susy, que nunca había asistido a colegio alguno, no se adaptaba al régimen impuesto por la profesora, al menos yo había hecho Kindergarteen y transición, mientras que Mariella ya había llegado a primero, lo cual nos hacía comprender que en el colegio la máxima autoridad, era la maestra y no papá como era en casa. Para ella allí radicaba su gran confusión: si el «colegio» era en casa ¿quién ejercía la mayor autoridad?, sin duda seguía siendo papá y así se lo hizo saber una mañana a Miss Alejandrina, quien cansada de llamarle la atención por sus continuas inclinaciones al juego le jaló las patillas y le dio con la regla en la mano, mi hermana pequeña, que ya daba visos de su carácter rebelde —que sacó a relucir en su adolescencia—, reaccionó con una fuerte patada en las canillas que dobló en dos a la profesora, a la vez que le gritó un sonoro y prolongado ¡imbeeeeeciiiil le voy a decir a mi papá! y salió corriendo del salón zafándose de las manos de la maestra quien intentaba detenerla.
Si mi papá habló o no con Miss Alejandrina cuestionando sus métodos arcaicos, no lo supimos, tal vez no nos lo dijo para no restarle autoridad, pero lo cierto fue que no más tomó el castigo físico como parte de sus recursos disuasivos para su reducido alumnado, de alguna manera la más pequeña del aula hizo justicia.
En aquellos tiempos las clases escolares se dictaban en doble horario, de ocho a doce del mediodía y de dos a cinco de la tarde; en los intermedios se aprovechaba para que tanto maestros como alumnos almorzaran. Miss Alejandrina lo hacía en su casa a pocas cuadras y nosotras en la nuestra.
En cada turno, de la mañana y la tarde, gozábamos de un recreo de quince minutos. Los días que más nos animaba eran los que mi mamá salía a visitar a la tía Gladys, su hermana menor, internada en un hospital, y encargaba a mis hermanitos más chicos a la profesora.
Miss Alejandrina nunca se negó al pedido, respondía siempre con una sonrisa de amabilidad el encargo, abría la puerta que daba al patio y dejaba ingresar a los pequeños de cuatro y tres años; mi mamá estaría alcanzando el escalón diecinueve de las escaleras de mármol, cuando Miss Alejandrina depositaba a mis hermanitos en el balcón y cerraba la puerta.
Los vigilaba con el rabillo del ojo, no tenía que hacer mucho esfuerzo porque los pequeños se quedaban junto a la puerta de vidrio.
Para ellos era toda una novedad vernos en un salón de clases, escribiendo no se qué en la pizarra y en unas sillas extrañas, que nunca antes habían visto: las carpetas bipersonales. Pegaban la cara al vidrio de la puerta y al otro lado Susy —quien no desperdiciaba ocasión para el juego— hacía lo propio en la parte opuesta.
Miss Alejandrina había sucumbido a sus amenazas de acusarla con papá y no protestaba ante el juego de los niños. La única regla que les dio fue no hacer ruido, ni hablar; eso no fue problema, como niños encontraron muy entretenido aplastar la nariz, los cachetes, sacar la lengua y retorcer la frente, en medio de abundante saliva compitiendo en lograr quien deformaba más el rostro.
Esas salidas de mamá nos animaban, pues sabíamos que al volver invitaría a Miss Alejandrina a tomar un café a la hora del recreo. Los primeros meses respetaron los quince minutos establecidos, conforme pasó el tiempo se hicieron amigas, los recreos se prolongaron, primero a veinte minutos, luego a veinticinco, treinta y hasta cuarenta minutos podía demorar antes que la profesora saltara de su asiento al notar que la hora pasaba.
Gozábamos de los recreos más largos de los que tuviera cualquier niño o niña en etapa escolar. Incluíamos al recreo a nuestros hermanitos Arturo y Marisol que andaban buscándonos sin cesar; corríamos por toda la casa, por los dos ingresos a la sala, a la cocina, a las habitaciones con sus puertas secretas que comunicaban unas con otras, hasta la zona del servicio doméstico, era ideal para jugar a la pega —conocida hoy como las chapadas—, siete pecados y a las escondidas.
Establecimos una norma: «nada de ir por el comedor» que era el lugar de los prolongados cafecitos, ni la azotea donde estaba Bronco, nuestro pastor alemán cruzado con gran danés, que al correr hacía temblar toda la casa y de seguro nos delataría. Con juegos más o juegos menos, con cafecitos y formación así transcurrió el año, las semanas no eran muy distintas unas a otras, salvo por una, que fue atípica y que inició por un fuerte acontecimiento de un día de octubre.
Jugábamos a las escondidas —la casa era aparente para ello, tenía incontables recobecos—, podíamos ocultarnos debajo de cualquiera de las doce camas: de los once hermanos y la de nuestros papás; en la ducha detrás de las cortinas, en el gran cajón de madera con la ropa soleada lista para planchar —cajón que alguna vez fue el corralito de mis hermanos mayores—, en el inmenso ropero de cedro antiguo del cuarto de mamá con dos puertas, una con un gran espejo a cuerpo entero y la otra que daba acceso a los cajones, sobre ellos se colgaban los abrigos, ternos, camisas, vestidos y toda prenda de vestir de papá y mamá. Estaba ubicado en una esquina de su habitación formando un ángulo, justo el necesario para el escondite de nuestros pequeños cuerpos.
Era viernes y como tal el recreo y el cafecito fue de los más prolongados, ya el reloj marcaba las cuatro y cuarenta y cuatro de la tarde cuando ocurrió algo inusual. El ropero de mamá fue elegido por Mariella y yo para refugiarnos, ella en el interior y yo detrás. Susy «la contaba»; Arturo y Marisol eran mantequilla jugaban y se escondían de la manera más visible posible, mamá y Miss Alejandrina en el comedor.
Susy entró sigilosa a la habitación, los pequeños debajo de la cama fueron descubiertos sin mayor esfuerzo, yo calculaba cuál sería el atajo para correr a la barrera y gritar un fuerte ¡ampay me salvo¡ en silencio absoluto con el corazón agitado por temor a ser descubierta. Estaba en esas cavilaciones cuando sentimos que se movía el ropero, Mariella me increpó «Lily deja de moverte» me dijo con voz muy bajita pero como siempre mandona; «no me estoy moviendo» le dije igual muy suavecito; de pronto el movimiento fue más violento y llegó acompañado de un fuerte ruido. Un sonoro y prolongado grito de ¡TERREEEMOOOTOOOO! nos hizo salir corriendo de nuestros escondites. Susy nos había descubierto pero cuando intentaba decir «ampay Lily o ampay Mariella» sintió el movimiento y su alarido nos confirmó lo que estaba pasando.
Corrimos en busca de mamá a la vez que ella y Miss Alejandrina nos daban el encuentro en el medio del patio, Bronco bajó cual rayo y ladraba sin cesar, la inmensa casa cuyas columnas revestidas de quincha y adobe eran de caña se movía como si estuviera sometida al vaivén de unas olas inexistentes, nos era difícil pisar firme. Los cinco niños nos prendimos de mamá, inmovilizándola.
Mi madre, que siempre fue de una figura fina, esbelta, de piernas muy delgadas, de aspecto frágil pero muy fuerte y serena, pidió apoyo a la profesora para abandonar la casa. En ese instante Miss Alejandrina caía de rodillas implorando al cielo que amaine su furia. A partir de ese instante lo que recuerdo es que entré en un estado de pánico, tanto por el terremoto como por la transformación de mi maestra.
Miss Alejandrina yacía en el piso arrodillada, con los brazos extendidos hacia el cielo —en verdad hacia el techo— con una voz que no era la suya —estaba convencida que había sido poseída por un ser espectral, tal vez de otro mundo—, ronca y potente clamaba a voz en cuello «¡DIOS MIOOO APLACA TU IRAAAA!, ¡OOOH SEÑOR PERDONA NUESTROS PECADOS, NO NOS CASTIGUEEEES ASÍ!» y otras frases más en medio de rezos y oraciones, mientras la casa seguía temblando, los adornos y cuadros caían al piso, los vidrios de las ventanas reventaban y mi madre tratando de andar con cinco niños aterrorizados llorando, prendidos de ella.
Bronco no dejaba de ladrar dando vueltas sobre sí, desesperado. Fueron cuarenta y cinco segundos lo que duró el sismo, uno de los más violentos y destructivos que ha sacudido Lima, de más de siete grados en la escala de Richter. Para completar la pavorosa escena: el movimiento brutal de la tierra llegaba acompañado de un impactante ruido, como si miles y miles de gigantes piedras rodaran por la ciudad arrasándolo todo.
Como pudo y sacando fuerzas de no sé donde, mi mamá dejó a Miss Alejandrina con sus rezos y bajó las veintiún gradas con sus cinco hijos. Cargó a Marisol, la más pequeña con un brazo, con la otra mano cogió a Susy y Arturo, a Mariella y a mí nos instruyó para no soltarnos de su vestido, Bronco iba adelante abriéndole paso; cuando estábamos alcanzando el último escalón, un bólido pasó al lado nuestro gritando y llorando, llegando a la calle antes que mi mamá y sus hijos, era Miss Alejandrina que cuando una gran porción del techo cayó al lado suyo, se convenció que sus ruegos no serían escuchados.
Muchas viviendas se desplomaron, la nuestra quedó con algunas grietas, vidrios rotos, pero de pie. La maestra no volvió en una semana —marcó el cambio para las que vendrían después—; no sabría decir con precisión si no retornó por remordimiento al quedar en evidencia su disminuido sentido de solidaridad o si aún no se reponía del susto, pero finalmente volvió. Supe que mi padre la convenció que retomara las clases y a nosotras nos advirtió que el tema del temblor no se tocaba con la profesora.
Un lunes llegó con la misma serenidad de siempre: sonó la campanita, corrimos a la formación, entonamos el himno nacional con más entusiasmo que antes, rezamos con mayor devoción; todo poco a poco fue recobrando su rutina, o mas preciso es decir «casi todo», pues algo se rompió y cambió definitivamente: no más tardes de prolongadas charlas de café y nunca más esos recreos espléndidos e interminables de mi niñez.
