Como todas las noches la sala de redacción entró en estado de alerta, la cuenta regresiva se activó ya que se acercaba la hora del cierre para el noticiero nocturno. Eran días en que por estos lares aún se utilizaban las máquinas de escribir, los reporteros oponíamos tenaz resistencia al paso de la modernidad y nos negábamos a dejar las Olivetti, las computadoras no nos inspiraban confianza.
Nuestras historias las recogíamos todavía en cassettes de tres cuartos de pulgada —el canal de televisión (ATV) para el que yo trabajaba, así como los otros canales locales, aún no habían pasado al Betacam que ya utilizaban las agencias internacionales y la edición de imágenes era aún lineal; no era extraño ver a los directores descontrolados y protestando a voz en cuello por alguna noticia a medio terminar cuando ya se acercaba el cierre.
A poco más de las ocho de la noche un nuevo apagón sumergió en una oscuridad total a la capital. No era un hecho aislado, desde hacía un tiempo sufríamos las consecuencias de atentados, coches bomba y voladuras de torres de alta tensión en Lima, corría el año noventa y dos del siglo pasado. El país estaba en zozobra desde hacía casi una década por el grupo subversivo Sendero Luminoso (SL), que pretendía a través de sembrar el terror y subvertir el orden público constitucional, lograr el control político del país, pero en la capital no habían tenido tanta presencia como sí en provincias, principalmente en la sierra centro y sur, en las regiones más pobres del país.
Los atentados terroristas se intensificaron tras el autogolpe de Alberto Fujimori del cinco de abril, tres días antes.
De inmediato la ciudad quedó en penumbras, los medios de comunicación contábamos con grupos electrógenos para restablecer de inmediato el fluido eléctrico. De pronto todo fue confusión, en la sala de redacción cada periodista que tuviera contacto con la policía y bomberos echaba mano a los teléfonos para indagar dónde había sido esta vez el blanco del atentado. Resultó ser en Villa El Salvador —fue el primer ataque con un autobús bomba en Lima, que perpetró el grupo terrorista Sendero Luminoso, luego de lo que se llamó el “fujigolpe”.
En la capital reinaba el estado de terror permanente. Sumado a los ataques de Sendero Luminoso y el MRTA estaban las acciones del gobierno para perpetrar su autogolpe: la toma de los principales locales institucionales democráticos, el cierre del Congreso y Poder Judicial, la persecución de periodistas, políticos y opositores al régimen, detenciones arbitrarias y la invasión de militares en los medios de comunicación, era como si recién se tomara conciencia que el país estaba sumido en el descalabro, la magnitud de la violencia demencial de los terroristas recién se evaluó en su verdadera dimensión cuando en Lima fue más sanguinaria, pese a que en Ayacucho y la sierra central la padecían desde hacía una década , hasta ese momento las noticias de atentados, violaciones, desapariciones en esos lugares, eran como si se tratara de un país del medio oriente, ajeno, alejado, por lo tanto ignorado por la mayoría.
Raudamente mi equipo compuesto por Roger Córdova camarógrafo, Lolo Velásquez el conductor de la unidad móvil y el asistente de cámara, salimos rumbo a la zona del atentado, Lolo hizo en diez minutos el recorrido de San Isidro a Villa el Salvador a oscuras, en penumbras, solo ayudado por las luces de los faros de los pocos autos que circulaban. Llegamos y nos encontramos frente a una zona de guerra; la comisaría de Villa el Salvador, estaba en escombros, sumida en una gran polvareda y destrucción.
No lográbamos divisar el edificio donde estuvo minutos antes el local policial. Voces, gritos y lamentos, un olor que no nos era ajeno invadía el ambiente, era inconfundible, así olía la pólvora mezcla de dinamita y anfo con la que habían cargado el bus que estalló en el frontis.
Según algunos testigos, el vehículo se aproximó a gran velocidad, no se visibilizó a ningún chofer, los policías de guardia en la puerta lograron entender lo que pasaba pero no dio tiempo para mucho, el estallido los alcanzó; volaron por los aires paredes, puertas y ventanas que fueron arrancadas desde sus bases; las vigas y fierros de construcción que quedaron expuestos y retorcidos nos revelaron la magnitud del estallido. La ola expansiva alcanzó al local municipal, a un colegio, a una emisora radial y a gran número de viviendas; todas quedaron afectadas en su infraestructura. Tres personas fallecieron y seis quedaron gravemente heridas.
Con libreta en mano caminaba entre escombros, vidrios, pedazos de concreto, tierra, mucho polvo, restos de escritorios, papeles y documentos, un par de catres de metal de lo que fue un camarote, sus colchones en pedazos y la ropa de cama hecha tirones por todos lados. Alcancé a ver una bota, un borseguí aún con los pasadores atados, no quise preguntarme dónde estaría su par. La gente estaba aturdida pero no fue impedimento para que solidariamente prestaran socorro unos a otros, mientras salían del estupor.
Roger registró las imágenes de horror, caminamos en el caos, oscuridad y polvo a tientas, intentando llegar a lo que fue la comisaría. A unos treinta metros del destino pisé algo blando que contrastaba con los restos de concreto y vidrios que cubrían la zona, bajé la mirada y con algo de dificultad logré distinguir algo que nunca se borró de mi memoria, eran restos humanos junto a un kepí, me retiré con cuidado al tiempo que alcancé al comisario, que aún grogui por los efectos del estallido, procuraba hacer la evaluación de la situación.
