La religiosa, las niñas y la madre de ellas

Sor Josefa daba las últimas indicaciones de la tarea de religión «memoricen y copien en sus cuadernos los Diez Mandamientos de la ley de Dios, para la clase de mañana» decía a sus alumnas del segundo grado de primaria de uno de los colegios religiosos de Lima.

La atención que conseguía Sor Josefa era absoluta, las niñas sabían que no estar atentas a las indicaciones de las maestras, o salir corriendo cuando sonaba el timbre anunciando el recreo o fin de clases como ocurría en las escuelas públicas, podía ser castigado con rigor porque «la desobediencia es pecado» solían decirle las madres de la congregación Canonesas que regentaban la escuela.

Ordenadamente guardaban sus cuadernos en sus maletines con hebillas, no se conocían las mochilas, mucho menos las de rueditas, maletas simples y comunes para la época sin mucha diferencia unas de otras, de cuero, algunas negras otras marrón y sus matices, llevaban loncheras de metal.

Fila por fila, aula por aula, formaban columnas de dos y tras tomar distancia con el brazo derecho extendido tocando el hombro de la compañera de adelante, salían disciplinadamente al patio a esperar que sus padres, madres o la movilidad escolar las lleve a casa.

Una a una salía al caos que se formaba en el frontis del colegio por los vehículos que se encargaban de recogerlas. Las que debían esperar un poco más, lo hacían en un ambiente pequeño, con una sola banca y con la orden de no moverse de su sitio, no jugar, no hacer alboroto y esperar “sentaditas” a que lleguen por ellas.

El colegio fue quedando vacío, todas las alumnas de primaria y secundaria se fueron. Pasados cuarenticinco minutos de la hora de salida en el ambiente de espera quedaron tres niñas de seis y siete años del segundo grado de primaria.

Una de ellas adelantaba la tarea de la clase de religión, iba en el primer mandamiento “Amar a Dios por sobre todas las cosas”, que para su corta edad interpretaba como obedecer y respetar a sus más cercanas representantes, las madrecitas del colegio a quienes obedecía y admiraba por su cercanía celestial.

-¡Les he dicho que está prohibido jugar, ¡siéntense! –

La voz de Sor María la sacó de su concentración y vio a su hermanita de seis años, una pequeña robusta y traviesa jugando con otra niña, muy delgadita de cara alargada y huesuda.

Las pequeñas quedaron petrificadas al escuchar más que la voz el grito de la Madre, dejaron de jugar y tomaron nuevamente asiento al lado de ella.

A los pocos minutos, ya lejos de los ojos y control de Sor María reanudaron el juego.

Sor María era una monja peruana de la sierra norte del país, de no más de 30 años, una  cajamarquina, de tez blanca, colorada, alta, herencia de una familia alemana que llegó a refugiarse en ese lejano país sudamericano al término de la Segunda Guerra Mundial, segura que nunca sería reconocido aquel oficial nazi que huyó para no dar cara por las atrocidades que contribuyó a cometer contra la humanidad.

Sor María había sido un desliz de este oficial, con una sirvienta de la casa. Creció en un convento y sin vocación fue inducida a dedicar su vida a la evangelización.

Isabel continuó con su tarea, se esforzaba por escribir con el tipo de letra exigida en el colegio: caligrafía Palmer. Copiaba en su cuaderno el quinto mandamiento “No matarás”, recordaba estremecida la historia de Caín y Abel, cuando de pronto un grito la sacó de sus tribulaciones y reconoció de inmediato el llanto de su hermanita, la vio tendida en el piso con su falda azul levantada, dejando notar sus redondeadas piernas y su blusa blanca a medio abotonar, la otra niña miraba con ojos de espanto sin ninguna reacción «¿qué pasó?», dijo mientras corría a socorrerla.

«Ella me ha empujado» decía entre sollozos la niña robusta, señalando con el dedo acusador a la pequeña huesuda.

Isabel de siete años, ayudó a Gaby de seis a reincorporase, mientras que Rosa Peña, corría a refugiarse detrás de la banca como si hubiera cometido el peor de los delitos, el peor de los pecados.

Y es que aunque Gaby no lo sabía, el golpe de su cabeza con la banca había dejado una huella de sangre que solo Isabel y Rosa la huesuda, la notaron.

Isabel requería ayuda pero Rosa no salía de su estado catatónico por la responsabilidad que caía en sus pequeños hombros, de ser la causante de que un inocente juego terminara en medio de un charco de sangre y con el terror de pensar que el infierno le esperaría al final de sus días.

Isabel, con un instinto maternal prematuro, ocultó a Gaby la gravedad de su situación y recordó lo que su madre siempre les decía cuando llegaban con un rasguño «lo más importante es lavar la herida con agua y jabón».

Fue lo que hizo, llevar a su hermanita a los baños para lavarle la herida que sus diminutas manos trataban de cubrir y no lo lograba a plenitud porque la sangre brotaba a chorros, Isabel evitaba por todos los medios que Gaby volteara y notara que su blusa, había dejado de ser totalmente blanca.

Corrió con su hermanita y grande fue su sorpresa al hallar los baños cerrados, a la hora de salida nadie los necesitaba. Cruzó el patio del colegio y fue en busca de los baños de secundaria.

Los baños eran grandes, las losetas brillaban de limpias y los lavaderos eran más altos que los de primaria, se las ingenió y alzó a su hermanita para que su cabeza recibiera el chorro de agua directo del caño, lo que logró fue el cruce de dos chorros, la sangre salpicó las paredes y hasta su cara.

Gaby confirmó lo que sospechaba e Isabel negaba – ¡me he roto la cabeza! – gritó con terror, parecía que el convencerse de ello le aumentó el dolor, el llanto y la desesperación crecieron, las niñas presas del pánico salieron corriendo a buscar ayuda.

El colegio estaba solitario, ni siquiera veían a don Jacinto el amable jardinero, que solía arreglar los rosales de la Dirección.

Isabel con las manos en la cabeza de Gaby andaba y andaba por la inmensidad del patio ahora más grande que nunca, sin alumnas, sin bulla, sin partidos de vóley, ni competencias de jaxes, ni rayuela.

La angustia se apoderaba de sus pequeñas humanidades cuando una luz de esperanza se apareció ante ellas, a lo lejos desde el otro extremo del patio se aproximaba en su hábito negro una de las religiosas, la acompañaba una alumna del primero de secundaria.

Cuando estuvo más cerca notaron que se trataba de la Madre María, se desilusionaron un poco, sabían que era dura e inflexible, pero se sintieron a salvo, con temor, pero a salvo, al final de cuentas era una madrecita dedicada a ayudar al prójimo, dar la mano al necesitado, de beber al sediento, de socorrer al hermano, ¡quien mejor para que se haga cargo del drama!

—¡Madre María, Madre María, mi hermanita se ha roto la cabeza!— dijo Isabel siempre con la mano sobre la herida de Gaby.

—¿Qué?— respondió la religiosa

—¿ustedes no estaban esperando que lleguen a recogerlas—

—Sí Madre— dijeron las niñas

Cuando le explicaban que mientras jugaba Gaby se golpeó la cabeza con la banca, Sor María las interrumpió ¡se les dijo que esperen sentadas sin jugar; bien hecho eso pasa a las niñas desobedientes Dios castiga! respondió volteando la cara y reanudando la marcha, con una macetita de orquídeas que llevaba en las manos. La alumna de secundaria las miró con compasión mientras se alejaban, sin atreverse a abogar por ellas.

Isabel y Gaby se quedaron en el medio del patio sintiéndose más pequeñas de lo que realmente eran y desamparadas en medio de aulas vacías y en el cada vez más inmenso y desolado patio gris.

Gaby se apoyaba en Isabel, sabía que mientras su hermana estuviera con ella, se encargaría de todo, pero Isabel en el fondo de su corazón sabía que nada sabía y no tenía la menor idea de lo que debía hacer.

Se quedaron juntas, solas, viendo desaparecer el largo hábito negro en el otro patio del colegio. No se atrevían a buscar ayuda fuera de esos linderos por temor a encontrarse con una de las bestias más grandes que habían visto jamás y que las llenaba de espanto cada vez que se encontraban con ella.

Se trataba de un inmenso cóndor de los andes peruanos, disecado con las alas extendidas con más de dos metros de alto y más de dos metros y medio de ancho, dos gigantescos y horrorosos ojos de vidrio que las seguía con la mirada desde cualquier punto en que ellas lo observaran y que estaba dizque “decorando” el ingreso a las aulas del segundo piso.

Como contraparte en la otra escalera, la estatua de la Virgen de la Inmaculada Concepción, las observaba con su mirada de madre protectora y sanadora.

Por seguridad, las niñas volvieron sobre sus pasos, con su drama a cuestas y regresaron al baño, la hemorragia no paraba, Isabel siguió echando agua a la cabeza de Gaby, al cabo de unos minutos la salida de la sangre fue parando poco a poco, ellas no lo sabían pero había sido la muy buena alimentación de la robusta niña, la que ayudó a la coagulación.

Una hora más tarde llegaron por fin a recogerlas, las niñas estaban nuevamente en el ambiente de la banca única. No fue su mamá, ni su papá quien las llegó a buscar, fue Pablo uno de sus hermanos mayores, quien al igual que los otros dedicaban el tiempo de ir a recogerlas en busca de amigas y amigos de su edad antes de pasar por ellas.

Casi siempre era así, las niñas sabían que serían las últimas en irse. Por primera vez su hermano cargó la maleta de Gaby, nunca lo hacía «no te acostumbres, es solo porque te has roto la cabeza» le dijo con su humor negro de siempre y las llevó a casa.

¡¿Qué? no puede ser, esa Madre me va a escuchar! – fue la reacción de la mamá de las niñas al enterarse lo que había pasado. La herida de Gaby requirió cuatro puntos, su papá, médico se encargó de la sutura y la curación.

Al día siguiente, la mamá de las niñas, una mujer tranquila, de suaves modales, de hablar correcto y bien educada, admirada por todos por su paciencia y autocontrol, pese a casi la docena de hijos que tenía, llegó al colegio en busca de la Madre Superiora ¡Esto no lo voy a tolerar, la actitud de Sor María linda con la crueldad y el abuso infantil!

Dijo al entrar a la Dirección. Utilizó términos y argumentos que en aquellas épocas no era común escuchar, es más era aceptada de manera general la rudeza en el trato de sacerdotes y monjas en colegios religiosos, sobre todo si se trataba de inculcar valores y disciplina.

Pero doña Mafi no estaba dispuesta a tolerar el trato inhumano del que habían sido víctimas sus hijas.

La Madre Superiora, una mujer de mediana edad que consagró su vida a la evangelización desde muy joven y dejó Toronto a los 22 años para llegar a aquel lejano país llamado Perú, conservaba aún el dejo de su inglés canadiense y su castellano masticado, escuchó atentamente los argumentos de doña Mafi y mandó a llamar a Sor María.

Al cabo de unos minutos la religiosa ingresó a la Dirección algo sorprendida, no tenía idea de para qué era llamada. Al ver a doña Mafi, comprendió.

Nunca imaginó que aquella mujer dócil, que acudía al colegio regularmente a las reuniones de padres de familia durante años, por esas aulas habían pasado ya sus tres hijas mayores, que no era conflictiva y apoyaba sin protestar las directivas escolares, las limosnas obligatorias o los óvolos de las misiones que cada alumna debía vender si no querían salir jaladas, llegaría cuál leona que atacan a sus crías dispuesta a ponerle fin a su mal elegida carrera religiosa

-¡No es cierto, no es culpa mía!- se defendía Sor María

-las niñas han recibido el castigo merecido ante la desobediencia

– Ellas sabían que no debían jugar y por eso se quedaron calladas y no buscaron a nadie para que las atendieran- decía en una lucha interna entre su convicción de hacer cumplir las normas del colegio a rajatabla y su conciencia de haberse excedido al no ayudarlas.

–A mí no me dijeron nada- dijo tras ser increpada por doña Mafi.

—No voy a tolerar, que ponga en tela de juicio la versión de mis hijas, si ellas dicen que así ocurrieron los hechos, yo les creo y su palabra me basta— respondió indignada doña Mafi.

La Madre Superiora, que ya había recibido antes, ciertas versiones de los usos y prácticas de Sor María para inculcar la palabra de Dios y hacer cumplir las disposiciones del colegio, encontró la oportunidad que buscaba en los últimos meses

–¡Esas niñas mienten, están en pecado! – dijo Sor María.

Doña Mafi, hizo un gran esfuerzo por no perder los papeles, la madre Superiora intervino y mandó llamar a las niñas. Gaby llevaba un parche en la cabeza, un pedacito de gasa cosida que cubría la herida y los cuatro puntos de sutura.

Sor María no pudo ocultar su sorpresa al ver a la niña, pero no cambió de postura, antes que la Madre Superiora o doña Mafi formulen palabra alguna, la voz altisonante de Sor María las increpó ¡en el nombre de Dios digan la verdad…les advertí que no podían jugar… no mientan digan la verdad! vociferaba.

Las niñas quienes veían a Sor María, como un ser extremadamente alto y cuando gritaba comparaban con un monstro mitológico, no pudieron articular palabra, estaban totalmente aterrorizadas, tuvo que intervenir doña Mafi – no tengan miedo hijas, digan la verdad a la Madre Superiora, cuéntenle lo que pasó –

Y así fue que las niñas contaron todo con pelos y señales y «hasta el bien hecho porque estaban prohibidas de jugar». Sor María volvió a levantar la voz  ¡No podía interferir en el castigo divino, si Dios quiso que se rompa la cabeza, yo no lo podía cambiar! fue interrumpida por la Madre Superiora, la hizo callar ¡ya es suficiente hermana esta no es una actitud cristiana, queda relevada de sus funciones! dijo.

Sor María salió amenazando y advirtiendo que todas se quemarían en el infierno por interferir en los designios del Señor.

A la madre Superiora le costó rectificar las enseñanzas de Sor María que tenía aterrorizado al alumnado, al que había tratado como la mejor exponente de la Santa Inquisición.

Las niñas volvieron a su rutina, se convirtieron en las más populares del colegio, su historia la repetían en cada recreo, volvieron a ser las últimas de ser recogidas a la hora de salida, jugaban y hacían tareas en el salón de una sola banca. Lo que nunca más se repitió es que le cargaran la maleta a alguna de ellas, siempre recibían como respuesta «cuando te rompas la cabeza te la llevo».

Con pecado concebida

Su embarazo era la comidilla de la cucufata sociedad de la época que se persignaba con solo escuchar el rumor de boca en boca. Cristina, una joven doncella esperaba un hijo.

No tenia novio conocido, provenía de una familia conservadora-aristocrática de Monsefú una provincia de la serranía de Lambayeque, que como en la mayoría de los pueblos del norte del Perú abundan brujos, curanderos y hechiceros, costumbres arraigadas desde sus antepasados pre-incas.

Cristina solo tenía permitido ausentarse de la casa paterna acompañada de sirvientas y únicamente a la Iglesia, infaltable a la misa de los domingos.

Corría el año de 1889. A fines del siglo 19 las señoritas que caían en pecado sólo podían librarse de la condena social, recurriendo a cuatro soluciones habituales: con el matrimonio sea o no consentido por ellas aún si hubieran sido forzadas, con la fuga de los amantes, con el internamiento a un convento y con el aborto.

Las madres solteras eran víctimas de una mancha perpetua, marginación y objeto de vergüenza, pero por sobre todo eran una afrenta familiar.

La naturaleza del embarazo de Cristina hacía imposible que se opte por alguna de las dos primeras soluciones y por su carácter rebelde, aguerrido y audaz se negó a las otras dos posibilidades.

Resuelta enfrentó a sus padres, a la sociedad y a la Iglesia, decidió tener el hijo concebido entre el confesionario y el Altar Mayor, luchando entre el pecado y la pasión.

Fernando Sierra no tuvo las mismas agallas que Cristina. Tenía pocos meses de haber llegado al Perú de la lejana provincia española de Extremadura, de donde había salido siendo el orgullo familiar y el ídolo del pueblo.

Fernando Sierra era un sacerdote Jesuita, orden religiosa que tenía poco tiempo de haber vuelto al Perú después de un distanciamiento de casi un siglo con la Corona española, sus clérigos debían ser pulcros e inmaculados en su tarea evangelizadora.

El embarazo de Cristina fue tomado como una traición a la congregación religiosa, a los feligreses y a su familia, pero aún así había que protegerlo de la condena social, ya que el problema no era solo de Fernando. Su Arquidiócesis encontró la solución más apropiada, recurrió a la Absolución Sacramental (en el nombre de Dios el Obispo perdonó sus pecados) y trasladó a otra provincia, lejos de Cristina, de su hijo y del escándalo.

Un 9 de setiembre nació Gertrudis, la hija del cura, Barrueto un tío, le dio el apellido para salvar la honra de su madre y proteger a la niña.

Fernando Sierra nunca vio a su hija, no la conoció ni se enteró si fue una hembra o un machito, lo que su virilidad escapada por debajo de la sotana permitió traer al mundo. De él no se supo más, el padre Sierra desapareció sin dejar rastro, aunque sí y sin saberlo una gran descendencia…

Nadie perdonó los pecados de Cristina -¡No tengo nada de qué arrepentirme! – repetía ella. No volvió a enamorarse, ningún hombre la cortejó. Sola sin el apoyo familiar tuvo a su única hija, la hija del cura quien con los años se convirtió en una joven de belleza singular, sus exóticos rasgos no dejaban duda de su mezcla peruano- española.

Dotada de unos grandes ojos café, enmarcados en unas copiosas cejas, de tez extremadamente blanca que hacia el contraste perfecto con su oscura cabellera, la estatura no la heredó del cura pecador, era menuda pero de una fortaleza que sin equivocación provenían del legado materno.

Solo se tenían la una a la otra, esa unión les daba la fortaleza que necesitaban para enfrentar a las malas lenguas, los comentarios tras sus espaldas, las miradas acusadoras.

Y aunque lo negaran la muchacha era objeto de envidias de aquellas damas que hubieran deseado que sus hijas tengan los atributos de ella. No solo hermosa, destacaba por su habilidad casi artística con la que cosía, la que la convirtieron en la más cotizada modista de Monsefú.

-Es obra del demonio- decían las más envidiosas. –Es hija del pecado- repetían las puritanas. Y es que Gertrudis, sin proponérselo, atraía las miradas de los jóvenes casaderos. Uno en particular, un mozo atractivo, de muy buena familia, de apellido de casta español, se fijó en ella y quedó perdidamente enamorado.

Clemente Gonzáles (la primera con “z” la segunda con “s”, porque eso diferenciaba a los Gonzáles, con acento español, de los otros Gonsález ya mestizos peruanos) era descendiente de andaluces un tipo alto, de piel dorada, ojos negros, nariz recta y un mentón finamente modelado que le daban una apariencia de conde de sangre azul.

Clemente propuso matrimonio a Gertrudis y quería hacerlo en su natal Trujillo, una provincia peruana que llevaba el mismo nombre de su tocaya española, con las celebraciones que correspondían, pero Gertrudis se negaba a acompañarlo, no podía dejar a su madre sola.

Sostuvieron un romance de novelas, se amaban sin miramientos, expresaban públicamente su amor, algo no muy común en aquellos años, despertando aún más las habladurías.

Producto de esa unión tuvieron una niña. Los primeros meses de romance fueron como salidos de un cuento de hadas, Clemente iba y venía de Trujillo a Monsefú exagerando las obligaciones que por negocio lo llevaran a tierras donde se encontraba su amada y su hija, hasta que no pudo pretextar más, la familia lo requería para que se haga cargo de los acres de tierra y de las dos mil cabezas de ganado que eran poseedores, debía responsabilizarse como hijo mayor.

– Ven conmigo Gertrudis, allá nos casaremos – le decía – nada te faltará ni a ti ni a nuestra pequeña Olinda – pero Gertrudis no podía hacerlo.

Clemente volvió a Trujillo, una ciudad en el norte del Perú, que había heredado el nombre de su tocaya española, más partió con la promesa de Gertrudis, que le daría el alcance una vez que convenciera a su madre que la acompañe.

Cartas de ida y vuelta, de una, dos, tres hojas escritas a ambos lados, diciéndose toda clase de frases de amor y promesas de ensueño, los jóvenes amantes sufrían con la distancia.

La niña a quien Clemente dejó de 6 meses crecía, el tiempo pasaba y Gertrudis no cumplía su promesa de darle el alcance. Clemente insistía en llevarlas con él, pero Gertrudis siempre le respondía lo mismo: – ¿cómo dejar a la mujer que se enfrentó a las críticas, a las burlas, a las habladurías por defender su embarazo? – ¿por traerme al mundo y criarme sola? ¡Hasta su familia le dio la espalda!

Nunca pudo convencer a Cristina salir de Monsefú para hacer la larga travesía. Y es que para llegar a Trujillo, debían viajar en barco por varios días. Cristina, que se jactaba de ser una mujer fuerte capaz de enfrentar las adversidades, tenía una fobia, la única debilidad, imposible de enfrentar: tenía terror al mar, el solo pensar en eso, la paralizaba -Ve hija, tu obligación es estar al lado de tu marido – intentaba convencer a Gertrudis. Pero a ella se le partía el corazón de solo pensar que la dejaría sola en un pueblo hostil. Ninguna de las dos fue capaz de separarse de la otra. Y el amor de los jóvenes amantes fue desvaneciéndose con el tiempo.

Gertrudis había decidido cortar la comunicación con Clemente – es muy egoísta de mi parte amarrarte a este amor imposible, tienes derecho a rehacer tu vida- Las súplicas de Clemente no calaron en ella, no volvió a contestarle una carta.

Con los años, fue su hija quien le escribía y enviaba fotos para que la viera convirtiéndose en una hermosa mujer. Con el paso del tiempo las cartas y las fotos fueron espaciándose hasta quedar del todo extinguido. El contacto entre padre e hija se terminó y solo quedó de recuerdo la última fotografía que la niña le mandó a los 10 u 11 años y que Clemente enmarcó en pan de oro y colgó en la sala de su nuevo hogar, presentándola ante sus amigos y conocidos como “ella es Olinda, mi hija mayor”.

Quince años después que Clemente salió de Monsefú, Gertrudis conoció a un emprendedor funcionario aduanero, sus rasgos físicos eran diametralmente opuestos a Clemente, se trataba de un hombre alto de piel cobriza, nariz aguileña, cabellos muy lacios y negros, un típico descendiente de la cultura Moche, muy peruano por sus cuatro costados.

Octavio se llamó aquel hombre de modales esmeradamente elegantes, de vestir exquisito, de verbo refinado, con una habilidad en la guitarra con la que cortejaba a Gertrudis ofreciéndole románticas serenatas que hacían de ella la envidia del pueblo y de seguro de más de una maldición.

Octavio viajaba todos los días de Ferreñafe a Monsefú, más de 40 km, a lomo de bestia para deleitar a su amada. Como aconsejaban las costumbres de la época, las damas que se preciaban de serlo, no recibían a los jóvenes enamorados de las serenatas, pero de eso se trataba, para Octavio era suficiente saber con que ella lo escuchaba.

Poco a poco Octavio fue ganándose a Gertrudis y poco a poco ella fue olvidando a su joven y guapo Clemente. Octavio y Gertrudis se casaron, él movió sus influencias para lograr el sacramento del matrimonio ya que nunca entendió por qué su esposa no fue bautizada al nacer.

Cristina veía a su hija concretar su amor con un temor secreto que no se lo reveló a nadie, sentía que la felicidad se le escaparía de las manos, sabía que estaba marcada desde su nacimiento.

Octavio y Gertrudis tuvieron un hijo, lo llamaron Juan, 19 años menor que Olinda, a quien Octavio quería como a una hija mayor. La llegada de Juan, como suele ocurrir en toda familia, llenó de alegría y vitalidad la casa.

Cristina colmaba de mimos al pequeño, su alegría era desbordante, cada que lo sostenía en sus brazos o lo veía alimentarse ávido de la leche de la vida que los protuberantes pechos de Gertrudis prodigaba, soltaba una risa para todos inexplicable – es que soy feliz, durante años viví con temor, pero ya me doy cuenta que fueron infundados- solía decir sin entrar en detalles.

Así transcurrieron los dos primeros meses de vida de Juan. La distracción de la familia, primero por los 9 meses de embarazo, luego por el nacimiento del niño permitieron a Olinda sostener un romance oculto con Francisco, un hombre 19 años mayor, funcionario del Ministerio de Fomento quien quedó perdidamente enamorado de la muchacha y cortejó a escondidas de Octavio y Gertrudis.

Una noche de luna llena escaparon para casarse en secreto. Octavio no perdonó a Olinda su actitud, la desconoció como hija y prohibió a Gertrudis verla o visitarla.

Cristina visitaba a su nieta a escondidas de Octavio, a través de ella Gertrudis obtenía información. Sabía que estaba bien, que era un hombre bueno que la amaba como corresponde y que nada le faltaba, eso le daba tranquilidad. Pero la dicha no le duró mucho tiempo, Cristina cayó enferma, por momentos síntomas de tifus aparecían en ella, en otros el cólera y en otros la tuberculosis.

Los médicos no atinaban con el diagnóstico, no se conocía el antibiótico y no tenían como contener las diarreas, las erupciones que se multiplicaban en la planta de las manos y de los pies y una tos recurrente que la obligaba a escupir sangre. Una mezcla de síntomas de tres enfermedades, para ese entonces mortales.

Cristina veía venir el fin, en su lecho de enferma creyó que lo más adecuado era romper su silencio y advertir a su hija lo que calló toda su vida y se lo dijo, le dijo al oído lo que no se atrevió a decir en voz alta todos esos años.

Finalmente Cristina murió, la combinación de las tres enfermedades se la llevaron antes de que Juan cumpla 3 meses de vida.

Juan crecía con los mimos de hijo único de cuna de oro, con el amor desmedido de su padre. Octavio se desvivía porque nada le faltara, cubría todas sus necesidades y más, se preocupó de darle la mejor educación, desarrollarle una sensibilidad social, buenos modales, decencia, inculcarle valores, hizo de él un joven responsable, lo convirtió en la codicia de todas las jóvenes de buenas familias de Pimentel, a donde se mudaron años atrás por las facilidades del trabajo de Octavio y porque Cristina no tuvo que subir a un barco, para salir de Monsefú, el viaje lo hizo por tierra.

Juan seguía los pasos de su padre, había recibido la herencia genética de la combinación de sangre española-peruana, era un mestizo muy atractivo, alto, espigado, de facciones finas, tez no muy oscura, lo que se diría un cobrizo claro, pero por sobre todo muy bien educado, vestía de casimir inglés que Octavio conseguía con facilidad desde su puesto de Jefe de Aduanas y Gertrudis convertía en los trajes más elegantes que la moda exigía.

Aunque Gertrudis no lo dijera en voz alta tanta dicha la asustaba. Siempre recordaba la voz agonizante de su madre revelándole aquello que prefería ignorar

-No hay de qué preocuparse- se decía a sí misma para darse valor.

Olinda tiene una familia feliz con 9 hijos, Octavio no se pudo resistir al encanto de los niños y Juan a sus 19 años se prepara para viajar a Europa a hacer estudios superiores.

Mis nietas mayores ya me han hecho bisa-abuela, tengo una familia numerosa. – Todo no fueron más que temores infundados –pensaba. Sin embargo las cosas empezaron a cambiar…

Juan que tenía los boletos comprados para estudiar en París, cayó enfermo. Cada vez más y más enfermo, la ciencia médica de ese entonces, a mediados de 1900, no daba con el mal -Magia negra, le han hecho daño a mi hijo- aseguraba Octavio.

Gertrudis se mordía la lengua para no hablar, temía que si repetía en voz alta lo que su madre le dijo en el lecho de muerte, se cumpliría. En muy poco tiempo el joven y prometedor Juan murió sin que los médicos pudieran diagnosticar el origen de su fulminante enfermedad. La pareja cayó en una profunda tristeza, un dolor indescriptible. Octavio nunca se recuperó, jamás entendió la lógica de la muerte invertida que le tocó vivir…- Son los hijos quienes deben enterrar a los padres- decía.

Así empezó otra etapa en la vida de Gertrudis la muerte de su hijo solo marcó el inicio de una cadena de sucesos dolorosos…Octavio no soportó el dolor, intentó suicidarse dos veces sin éxito, siempre había alguien cercano vigilándolo para evitar lo peor. Pero a la tercera fue la vencida al cabo de unos meses se quitó la vida…

Gertrudis se quedó sola en la gran casa con los recuerdos de su Juan y Octavio. Al poco tiempo uno de sus nietos, un hijo de Olinda por un accidente infantil, se golpeó los genitales en el columpio, por la vergüenza no dio aviso y cuando la fiebre alta alertó a su madre, fue demasiado tarde, una septicemia lo consumía y murió.

No pasaba un año en que la familia no vistiera luto por la desaparición de otro de sus miembros.

Gertrudis nunca le dijo a Octavio, ni a Olinda, ni a sus nietos, ni a nadie lo que su madre en el lecho de muerte le advirtió. Ellos nunca supieron que su familia había sido alcanzada por una maldición. “El nueve marcará tu destino, alegrías y tristezas tendrás. Pero sufrirás en vida el pecado de tus padres, enterrarás a todo vestigio de esta estirpe del mal” le habían conjurado las brujas del pueblo al nacer.

Gertrudis sólo lo confirmó cuando al llegar a los noventa años enterraba al último miembro de su familia, el último de sus diecinueve bisnietos, del último hijo de los nueve hijos de su querida hija, descendientes del cura pecador.

 

 

 

Su embarazo era la comidilla de la cucufata sociedad de la época que se persignaba con solo escuchar el rumor de boca en boca. Cristina, una joven doncella esperaba un hijo. 

 

No tenia novio conocido, provenía de una familia conservadora-aristocrática de Monsefú una provincia de la serranía de Lambayeque, que como en la mayoría de los pueblos del norte del Perú abundan brujos, curanderos y hechiceros, costumbres arraigadas desde sus antepasados pre-incas. 

 

Cristina solo tenía permitido ausentarse de la casa paterna acompañada de sirvientas y únicamente a la Iglesia, infaltable a la misa de los domingos.

 

Corría el año de 1889. A fines del siglo 19 las señoritas que caían en pecado sólo podían librarse de la condena social, recurriendo a cuatro soluciones habituales: con el matrimonio sea o no consentido por ellas aún si hubieran sido forzadas, con la fuga de los amantes, con el internamiento a un convento y con el aborto.

Las madres solteras eran víctimas de una mancha perpetua, marginación y objeto de vergüenza, pero por sobre todo eran una afrenta familiar.

La naturaleza del embarazo de Cristina hacía imposible que se opte por alguna de las dos primeras soluciones y por su carácter rebelde, aguerrido y audaz se negó a las otras dos posibilidades.

Resuelta enfrentó a sus padres, a la sociedad y a la Iglesia, decidió tener el hijo concebido entre el confesionario y el Altar Mayor, luchando entre el pecado y la pasión.

Fernando Sierra no tuvo las mismas agallas que Cristina. Tenía pocos meses de haber llegado al Perú de la lejana provincia española de Extremadura, de donde había salido siendo el orgullo familiar y el ídolo del pueblo.

Fernando Sierra era un sacerdote Jesuita, orden religiosa que tenía poco tiempo de haber vuelto al Perú después de un distanciamiento de casi un siglo con la Corona española, sus clérigos debían ser pulcros e inmaculados en su tarea evangelizadora.

El embarazo de Cristina fue tomado como una traición a la congregación religiosa, a los feligreses y a su familia, pero aún así había que protegerlo de la condena social, ya que el problema no era solo de Fernando. Su Arquidiócesis encontró la solución más apropiada, recurrió a la Absolución Sacramental (en el nombre de Dios el Obispo perdonó sus pecados) y trasladó a otra provincia, lejos de Cristina, de su hijo y del escándalo.

Un 9 de setiembre nació Gertrudis, la hija del cura, Barrueto un tío, le dio el apellido para salvar la honra de su madre y proteger a la niña.

Fernando Sierra nunca vio a su hija, no la conoció ni se enteró si fue una hembra o un machito, lo que su virilidad escapada por debajo de la sotana permitió traer al mundo. De él no se supo más, el padre Sierra desapareció sin dejar rastro, aunque sí y sin saberlo una gran descendencia…

Nadie perdonó los pecados de Cristina -¡No tengo nada de qué arrepentirme! – repetía ella. No volvió a enamorarse, ningún hombre la cortejó. Sola sin el apoyo familiar tuvo a su única hija, la hija del cura quien con los años se convirtió en una joven de belleza singular, sus exóticos rasgos no dejaban duda de su mezcla peruano- española.

Dotada de unos grandes ojos café, enmarcados en unas copiosas cejas, de tez extremadamente blanca que hacia el contraste perfecto con su oscura cabellera, la estatura no la heredó del cura pecador, era menuda pero de una fortaleza que sin equivocación provenían del legado materno.

Solo se tenían la una a la otra, esa unión les daba la fortaleza que necesitaban para enfrentar a las malas lenguas, los comentarios tras sus espaldas, las miradas acusadoras.

Y aunque lo negaran la muchacha era objeto de envidias de aquellas damas que hubieran deseado que sus hijas tengan los atributos de ella. No solo hermosa, destacaba por su habilidad casi artística con la que cosía, la que la convirtieron en la más cotizada modista de Monsefú.

-Es obra del demonio- decían las más envidiosas. –Es hija del pecado- repetían las puritanas. Y es que Gertrudis, sin proponérselo, atraía las miradas de los jóvenes casaderos. Uno en particular, un mozo atractivo, de muy buena familia, de apellido de casta español, se fijó en ella y quedó perdidamente enamorado.

Clemente Gonzáles (la primera con “z” la segunda con “s”, porque eso diferenciaba a los Gonzáles, con acento español, de los otros Gonsález ya mestizos peruanos) era descendiente de andaluces un tipo alto, de piel dorada, ojos negros, nariz recta y un mentón finamente modelado que le daban una apariencia de conde de sangre azul.

Clemente propuso matrimonio a Gertrudis y quería hacerlo en su natal Trujillo, una provincia peruana que llevaba el mismo nombre de su tocaya española, con las celebraciones que correspondían, pero Gertrudis se negaba a acompañarlo, no podía dejar a su madre sola.

Sostuvieron un romance de novelas, se amaban sin miramientos, expresaban públicamente su amor, algo no muy común en aquellos años, despertando aún más las habladurías.

Producto de esa unión tuvieron una niña. Los primeros meses de romance fueron como salidos de un cuento de hadas, Clemente iba y venía de Trujillo a Monsefú exagerando las obligaciones que por negocio lo llevaran a tierras donde se encontraba su amada y su hija, hasta que no pudo pretextar más, la familia lo requería para que se haga cargo de los acres de tierra y de las dos mil cabezas de ganado que eran poseedores, debía responsabilizarse como hijo mayor.

– Ven conmigo Gertrudis, allá nos casaremos – le decía – nada te faltará ni a ti ni a nuestra pequeña Olinda – pero Gertrudis no podía hacerlo.

Clemente volvió a Trujillo, una ciudad en el norte del Perú, que había heredado el nombre de su tocaya española, más partió con la promesa de Gertrudis, que le daría el alcance una vez que convenciera a su madre que la acompañe.

Cartas de ida y vuelta, de una, dos, tres hojas escritas a ambos lados, diciéndose toda clase de frases de amor y promesas de ensueño, los jóvenes amantes sufrían con la distancia.

La niña a quien Clemente dejó de 6 meses crecía, el tiempo pasaba y Gertrudis no cumplía su promesa de darle el alcance. Clemente insistía en llevarlas con él, pero Gertrudis siempre le respondía lo mismo: – ¿cómo dejar a la mujer que se enfrentó a las críticas, a las burlas, a las habladurías por defender su embarazo? – ¿por traerme al mundo y criarme sola? ¡Hasta su familia le dio la espalda!

Nunca pudo convencer a Cristina salir de Monsefú para hacer la larga travesía. Y es que para llegar a Trujillo, debían viajar en barco por varios días. Cristina, que se jactaba de ser una mujer fuerte capaz de enfrentar las adversidades, tenía una fobia, la única debilidad, imposible de enfrentar: tenía terror al mar, el solo pensar en eso, la paralizaba -Ve hija, tu obligación es estar al lado de tu marido – intentaba convencer a Gertrudis. Pero a ella se le partía el corazón de solo pensar que la dejaría sola en un pueblo hostil. Ninguna de las dos fue capaz de separarse de la otra. Y el amor de los jóvenes amantes fue desvaneciéndose con el tiempo.

Gertrudis había decidido cortar la comunicación con Clemente – es muy egoísta de mi parte amarrarte a este amor imposible, tienes derecho a rehacer tu vida- Las súplicas de Clemente no calaron en ella, no volvió a contestarle una carta.

Con los años, fue su hija quien le escribía y enviaba fotos para que la viera convirtiéndose en una hermosa mujer. Con el paso del tiempo las cartas y las fotos fueron espaciándose hasta quedar del todo extinguido. El contacto entre padre e hija se terminó y solo quedó de recuerdo la última fotografía que la niña le mandó a los 10 u 11 años y que Clemente enmarcó en pan de oro y colgó en la sala de su nuevo hogar, presentándola ante sus amigos y conocidos como “ella es Olinda, mi hija mayor”.

Quince años después que Clemente salió de Monsefú, Gertrudis conoció a un emprendedor funcionario aduanero, sus rasgos físicos eran diametralmente opuestos a Clemente, se trataba de un hombre alto de piel cobriza, nariz aguileña, cabellos muy lacios y negros, un típico descendiente de la cultura Moche, muy peruano por sus cuatro costados.

Octavio se llamó aquel hombre de modales esmeradamente elegantes, de vestir exquisito, de verbo refinado, con una habilidad en la guitarra con la que cortejaba a Gertrudis ofreciéndole románticas serenatas que hacían de ella la envidia del pueblo y de seguro de más de una maldición.

Octavio viajaba todos los días de Ferreñafe a Monsefú, más de 40 km, a lomo de bestia para deleitar a su amada. Como aconsejaban las costumbres de la época, las damas que se preciaban de serlo, no recibían a los jóvenes enamorados de las serenatas, pero de eso se trataba, para Octavio era suficiente saber con que ella lo escuchaba.

Poco a poco Octavio fue ganándose a Gertrudis y poco a poco ella fue olvidando a su joven y guapo Clemente. Octavio y Gertrudis se casaron, él movió sus influencias para lograr el sacramento del matrimonio ya que nunca entendió por qué su esposa no fue bautizada al nacer.

Cristina veía a su hija concretar su amor con un temor secreto que no se lo reveló a nadie, sentía que la felicidad se le escaparía de las manos, sabía que estaba marcada desde su nacimiento.

Octavio y Gertrudis tuvieron un hijo, lo llamaron Juan, 19 años menor que Olinda, a quien Octavio quería como a una hija mayor. La llegada de Juan, como suele ocurrir en toda familia, llenó de alegría y vitalidad la casa.

Cristina colmaba de mimos al pequeño, su alegría era desbordante, cada que lo sostenía en sus brazos o lo veía alimentarse ávido de la leche de la vida que los protuberantes pechos de Gertrudis prodigaba, soltaba una risa para todos inexplicable – es que soy feliz, durante años viví con temor, pero ya me doy cuenta que fueron infundados- solía decir sin entrar en detalles.

Así transcurrieron los dos primeros meses de vida de Juan. La distracción de la familia, primero por los 9 meses de embarazo, luego por el nacimiento del niño permitieron a Olinda sostener un romance oculto con Francisco, un hombre 19 años mayor, funcionario del Ministerio de Fomento quien quedó perdidamente enamorado de la muchacha y cortejó a escondidas de Octavio y Gertrudis.

Una noche de luna llena escaparon para casarse en secreto. Octavio no perdonó a Olinda su actitud, la desconoció como hija y prohibió a Gertrudis verla o visitarla.

Cristina visitaba a su nieta a escondidas de Octavio, a través de ella Gertrudis obtenía información. Sabía que estaba bien, que era un hombre bueno que la amaba como corresponde y que nada le faltaba, eso le daba tranquilidad. Pero la dicha no le duró mucho tiempo, Cristina cayó enferma, por momentos síntomas de tifus aparecían en ella, en otros el cólera y en otros la tuberculosis.

Los médicos no atinaban con el diagnóstico, no se conocía el antibiótico y no tenían como contener las diarreas, las erupciones que se multiplicaban en la planta de las manos y de los pies y una tos recurrente que la obligaba a escupir sangre. Una mezcla de síntomas de tres enfermedades, para ese entonces mortales.

Cristina veía venir el fin, en su lecho de enferma creyó que lo más adecuado era romper su silencio y advertir a su hija lo que calló toda su vida y se lo dijo, le dijo al oído lo que no se atrevió a decir en voz alta todos esos años.

Finalmente Cristina murió, la combinación de las tres enfermedades se la llevaron antes de que Juan cumpla 3 meses de vida.

Juan crecía con los mimos de hijo único de cuna de oro, con el amor desmedido de su padre. Octavio se desvivía porque nada le faltara, cubría todas sus necesidades y más, se preocupó de darle la mejor educación, desarrollarle una sensibilidad social, buenos modales, decencia, inculcarle valores, hizo de él un joven responsable, lo convirtió en la codicia de todas las jóvenes de buenas familias de Pimentel, a donde se mudaron años atrás por las facilidades del trabajo de Octavio y porque Cristina no tuvo que subir a un barco, para salir de Monsefú, el viaje lo hizo por tierra.

Juan seguía los pasos de su padre, había recibido la herencia genética de la combinación de sangre española-peruana, era un mestizo muy atractivo, alto, espigado, de facciones finas, tez no muy oscura, lo que se diría un cobrizo claro, pero por sobre todo muy bien educado, vestía de casimir inglés que Octavio conseguía con facilidad desde su puesto de Jefe de Aduanas y Gertrudis convertía en los trajes más elegantes que la moda exigía.

Aunque Gertrudis no lo dijera en voz alta tanta dicha la asustaba. Siempre recordaba la voz agonizante de su madre revelándole aquello que prefería ignorar

-No hay de qué preocuparse- se decía a sí misma para darse valor.

Olinda tiene una familia feliz con 9 hijos, Octavio no se pudo resistir al encanto de los niños y Juan a sus 19 años se prepara para viajar a Europa a hacer estudios superiores.

Mis nietas mayores ya me han hecho bisa-abuela, tengo una familia numerosa. – Todo no fueron más que temores infundados –pensaba. Sin embargo las cosas empezaron a cambiar…

Juan que tenía los boletos comprados para estudiar en París, cayó enfermo. Cada vez más y más enfermo, la ciencia médica de ese entonces, a mediados de 1900, no daba con el mal -Magia negra, le han hecho daño a mi hijo- aseguraba Octavio.

Gertrudis se mordía la lengua para no hablar, temía que si repetía en voz alta lo que su madre le dijo en el lecho de muerte, se cumpliría. En muy poco tiempo el joven y prometedor Juan murió sin que los médicos pudieran diagnosticar el origen de su fulminante enfermedad. La pareja cayó en una profunda tristeza, un dolor indescriptible. Octavio nunca se recuperó, jamás entendió la lógica de la muerte invertida que le tocó vivir…- Son los hijos quienes deben enterrar a los padres- decía.

Así empezó otra etapa en la vida de Gertrudis la muerte de su hijo solo marcó el inicio de una cadena de sucesos dolorosos…Octavio no soportó el dolor, intentó suicidarse dos veces sin éxito, siempre había alguien cercano vigilándolo para evitar lo peor. Pero a la tercera fue la vencida al cabo de unos meses se quitó la vida…

Gertrudis se quedó sola en la gran casa con los recuerdos de su Juan y Octavio. Al poco tiempo uno de sus nietos, un hijo de Olinda por un accidente infantil, se golpeó los genitales en el columpio, por la vergüenza no dio aviso y cuando la fiebre alta alertó a su madre, fue demasiado tarde, una septicemia lo consumía y murió.

No pasaba un año en que la familia no vistiera luto por la desaparición de otro de sus miembros.

Gertrudis nunca le dijo a Octavio, ni a Olinda, ni a sus nietos, ni a nadie lo que su madre en el lecho de muerte le advirtió. Ellos nunca supieron que su familia había sido alcanzada por una maldición. “El nueve marcará tu destino, alegrías y tristezas tendrás. Pero sufrirás en vida el pecado de tus padres, enterrarás a todo vestigio de esta estirpe del mal” le habían conjurado las brujas del pueblo al nacer.

Gertrudis sólo lo confirmó cuando al llegar a los 90 años enterraba al último miembro de su familia, el último de sus 19 bisnietos, del último hijo de los 9 hijos de su querida hija, descendientes del cura pecador.