Caído del cielo

mayo 20, 2009 

Esa mañana desperté más temprano de lo habitual, era domingo de paseo familiar, mamá disponía todo para que nada quede fuera de lo planificado— ahora mirando en retrospectiva sigo sin comprender cómo lograba esa proeza con diez hijos a los que guiar y organizar, pero lo conseguía— estábamos a la hora acordada bañados, desayunados, cambiados y sentados todos, no sé cómo, en el pequeño Goggomobil rojo de papá. 

Tras un par de horas de recorrido llegamos a Mala, un poblado en Cañete al sur de Lima. Un bello valle con mucha vegetación, árboles, flores, aves de bonitos colores y mejores trinos, una colina y lo más bello a lo lejos, el mar que formaba una gran mancha ondulante azul en aquella playa de fina arena.

No fuimos la única familia que llegó al punto de encuentro, lo hicieron los amigos de papá con las suyas, formaban una comunidad muy cercana y cerrada, eran masones de la Logia Virtud y Unión, de la Gran Logia del Perú —entre ellos se llaman «hermanos»—por ende sus hijos nuestros primos, aunque debo admitir que nunca los pude considerar así, tal vez porque mi familia es tan numerosa que no necesité sumar a nadie más a mis juegos.

Los adultos ataviados de gorras, lentes oscuros, pantalones cortos, se reunieron en un gran espacio para preparar una pachamanca, conversaban y reían en voz alta, la música de algún equipo a pilas amenizaba el momento. 

Las mujeres se encargaron de trocear las carnes de res, de chancho, de pollo, de limpiar las yucas, los camotes, los choclos, las papas y habas;  separaron las hojas de plátano que luego servirían para cubrir los alimentos que se asarían en el gran pozo bajo tierra. Pozo que los hombres con lampa en mano se encargaron de cavar para el almuerzo a la usanza milenaria.

Aunque mamá estaba distraída no dejaba de estar atenta a sus hijos, a las menores nos encargó con nuestros hermanos mayores, y a todos nos prohibió ir al río. 

Ellos quisieron ir a la playa y nosotras no, nos quedamos cerca jugando entre los cultivos de plátanos. Yo tenía siete años, Mariella un año más, Susy uno menos y Marisol a pocos días de cumplir los cuatro. No necesitábamos, para jugar, la compañía de primas genéticamente reconocidas o a las que por amistad la vida nos regaló. 

Jugábamos siempre entre nosotras, y ese día no fue distinto. Nuestros hermanos nos indicaron que nos quedemos allí mientras ellos corrieron en busca del mar. Así lo hicimos por un buen rato, pero sin darnos cuenta llegamos al río. Era casi un riachuelo un poco angosto, de aguas cristalinas poco profundas y muchas piedras. Nos olvidamos de la prohibición de mamá y nos entregamos al disfrute del chapoteo al aire libre.

Fue divertido, a diferencia del mar estas aguas no eran saladas, no se formaban olas y la arena no se quedaba atrapada en el entrepiernas entre los pliegues de la ropa de baño. Sorteando y saltando sobre piedras avanzamos algunos metros, no cambió la profundidad, el agua nos llegaba a poco menos de la cintura por más que nos adentramos despreocupadamente. A lo lejos notamos algo que nunca habíamos visto ni imaginado, el río, nuestro río desembocaba en el mar. Ese angosto cauce se convertía en una playa inmensa, con olas no muy grandes y en ellas se bañaban nuestros hermanos y primos, los postizos y los reales. Intentamos llamar su atención a gritos, pero no escuchaban, era difícil, el río tenía su propia voz,  su propio sonido compuesto por el discurrir del agua golpeando las piedras, era una resonancia única. Al no ser escuchadas decidimos alcanzarlos y sorprenderlos uniéndonos al grupo.

Tomadas de las manos, sorteando piedras, mirándonos los pies en el agua cristalina, jugando y riendo nos fuimos acercando, o eso creímos, caminamos por un buen rato sobre lodo resbaladizo pero no teníamos cuando llegar. El camino se hacía largo, y la distancia parecía la misma, siempre lejana. 

Cansadas nos propusimos volver, el nivel del río había crecido sin que lo notáramos, el agua nos llegaba a las mayores del grupo a la mitad del pecho y a la menor de mis hermanas casi al mentón, aún faltaba mucho para llegar al mar y desilusionadas porque nunca nos vieron ni oyeron mis hermanos, dimos media vuelta.

Fue recién en ese momento que caímos en cuenta que era imposible volver, el miedo se apoderó de inmediato del grupo, habíamos avanzado a favor de la corriente, regresar representaba literalmente luchar contra ella. Tarea titánica, al parecer no habíamos llegado hasta allí por nuestra propia voluntad, el Río Mala había decidido no dejarnos retornar.

El pánico hizo presa fácilmente de nosotras, gritamos desesperadas, luchamos contra la fuerza de las aguas, llamamos insistentemente a nuestros hermanos, pero nada, no nos oían ni veían, seguían divertidísimos a sus anchas en el mar. 

El río siguió aumentando su caudal y embraveciéndose, caímos varias veces, el suelo era resbaladizo y las aguas algo caudalosas —al menos así las sentíamos a nuestra corta edad—. Nos  incorporamos una y otra vez con dificultad pues el torrente nos arrastraba, las piedras grandes y pequeñas impactaron en nuestras rodillas, codos, brazos, cabezas pero en ningún momento nos soltamos, seguimos cogidas fuertemente de las manos. 

Las mayores cogimos a las menores, Mariella logró asirse a un peñasco envolviendo su delgado brazo en él y con la otra mano no soltó a Susy. Yo pude mantener la pequeña manito de Marisol, y abrazarme a otra peña que sobresalía en la orilla. Formamos una débil cadena de cuatro cuerpecitos golpeados contra las piedras.

La más pequeña de mis hermanas no oponía ninguna resistencia, no podía, sus pies ya no tocaban el fondo, su cuerpo casi era arrastrado por la violencia de la corriente que me la quería arrancar de la mano, la que aún le daba una esperanza de vida, con mucho esfuerzo mantenía su cabeza a flote. 

Fue una lucha de supervivencia, el caudal subía y el agua nos llegaba casi al cuello a las que aún nos manteníamos en contacto con el suelo.  

No podría precisar cuánto tiempo pasó, por cuánto tiempo sostuvimos esa lucha desigual, el río dejó de ser placentero, era violento, y poderoso nos golpeaba intentando alejarnos de la orilla, apartarnos de esas rocas que eran los únicos nexos para mantenernos vivas. Era como si se hubiera enfurecido por querer dejar sus aguas y preferir el mar. Poco a poco sentimos que ganaba la batalla, nuestros pequeños brazos quedaron sin fuerzas. El llanto, el miedo, el dolor, el agua que tragamos y escupimos una y otra vez fueron doblegando nuestro espíritu de lucha, mientras a los lejos veíamos a nuestros hermanos y primos continuar en su jolgorio sin fin. 

No había nadie en los alrededores, nuestras voces eran opacadas por el ruido de la naturaleza y nuestros padres estaban muy lejos para oirnos, no imaginaban lo que pasábamos, suponían que seguíamos con el grupo de niños tal como nos habían indicado. 

De pronto una voz enérgica y firme se oyó de la nada: —¡dame la mano!— dijo casi como una orden. 

Miramos hacia arriba de donde provenía ese mandato. Un joven extendía su mano con mucho esfuerzo, oponiendo resistencia para no resbalar,  casi alcanzaba la mía. Supe en ese instante que si me alzaba perdería a mi hermana que bamboleaba sin resistencia cogida de mi otra mano. Intenté varias veces jalarla y entregarla al hombre aparecido de la nada. Pero la fuerza del río era mucho mayor. 

Sentía mi brazo desgarrarse pero mis músculos respondieron a la altura de mis intentos, mi hermana no me soltaba ni yo a ella, de pronto un último esfuerzo y una fuerza inexplicable que solo se pone en evidencia en situaciones extremas salió de algún lugar del fondo de mi ser.  Venciendo la furia del río pude acercar la pequeña mano que sostenía, a las de nuestro salvador. 

El joven, al borde del risco, sostenía otra batalla contra la arenilla que le jugaba una mala pasada y resbalaba cada que se esforzaba por alcanzarnos. De una en una y de un tirón, nos puso a salvo. 

Cuando lo peor pasó el joven —del cual solo recuerdo su cabello y ojos oscuros, así como su sonrisa amable—, nos indicó el camino de regreso. Hasta hoy recuerdo como un cuadro, la imagen de nuestros padres y sus amigos riendo y conversando, a quienes vimos desde lo alto totalmente ajenos al drama que estuvieron a punto de vivir.

Tras unos segundos de reconocernos sanas y salvas, y limpiarnos las lágrimas de los ojos, nos volvimos seguras de que bajaríamos en compañía del oportuno extraño, pero no estaba. 

Nos encontrábamos solas en lo alto de la roca, no lo volvimos a ver, era inexplicable su desaparición tenía que tomarle un tiempo el descenso, pero aún así no lo vimos en el camino. 

Nunca hablamos del tema, ni contamos a nadie de esta experiencia, fue el gran secreto que nos acompañó de por vida, pero no se equivoque estimado lector, no fue el secreto de que casi nos llevó el Río Mala haciendo gala de su nombre, ni la desobediencia a mamá. No, nuestro gran secreto fue guardarnos para nosotras el descubrimiento de que los ángeles existen y… que no necesitan alas para subir y bajar del cielo.



 

Publicado por lilicarpe

Provengo de una familia numerosa, de trece hermanos y formé una más acorde con los tiempos, de dos hijos, ahora adultos maravillosos, el mayor es comunicador e historiador y el menor es músico, compositor, cantante, director y productor de teatro musical, son mis orgullos. Soy periodista y comunicadora he trabajado por casi tres décadas, primero en medios como la radio, luego en televisión como reportera donde cubrí toda variedad de noticias, desde policiales, locales, deportivas hasta política. Tuve como fuente fija el Congreso y Palacio de Gobierno. Dirigí diferentes noticieros y gerencias de prensa en cuatro canales de TV de Lima. Mi experiencia periodística me llevó al otro lado, a ese al que los medios de comunicación los tienen como fuente fija, para fiscalizar y escrutar sus deficiencias y debilidades: el Estado. Fue un reto he dirigido las oficinas de comunicaciones de algunos ministerios e instituciones públicas, puedo decir que he conocido a la burocracia por dentro. Por estas correrías, como periodista y comunicadora, he tratado con incontables personas y variadas personalidades, presidentes de la república, ministros, políticos, empresarios, funcionarios, personas comunes, artistas, deportistas y he aprendido a contar sus historias en poco caracteres —lo que me ha sido muy útil—; lo que mas atesoro es la variedad de vivencias, que hoy por hoy se suman a las mías. Esa es en síntesis quien soy, guardo variedad de recuerdos buenos, no tan buenos y malos, no solo como profesional, más como persona, experiencias de vida que vuelco como relatos cortos, cuentos, anécdotas, opiniones, crónicas, microrrelatos o lo que fluya en este blog, que con frecuentes intermitencias retomo con el propósito de no volver a abandonar; la vorágine laboral a veces me ha absorbido al punto de alejarme de lo que más me gusta, además de leer y escuchar música: escribir.

4 comentarios sobre “Caído del cielo

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