¿Tradición, leyenda, o ambas? da lo mismo, es el día en que en diversas partes del mundo se celebra la Bajada de Reyes, de Melchor, Gaspar y Baltazar quienes cargados de mirra, incienso y oro llegaron hasta Belén para celebrar la llegada del Niño Jesús.
Esta celebración se ha repetido por siglos con diferentes costumbres, unos abren los regalos navideños en esa fecha, otros recogen el Nacimiento y otros, como en mi familia, celebramos además el cumpleaños de papá, quien habiendo nacido un seis de enero no podía tener otro nombre que no sea Jesús, aunque a decir verdad sí lo tuvo, él fue Vicente Jesús. Mi abuelita, tan devota ella, no podía dejar de llamarlo así, aunque sea de segundo nombre.
Desde niña recuerdo que esta fecha fue un acontecimiento familiar. Cuando vivíamos en Jesús María la casa grande tenía en el fondo una especie de zona «de servicio», así lo llamaban porque estaba el cuarto de las trabajadoras del hogar, recuerdo particularmente a Clara y a Gabina, dos primas bolivianas de Desaguadero que trabajaron muchos años con la familia, en esa área había una escalera de madera añeja que conducía a la azotea, frente a ella una especie de patio que servía de corral para las aves ocasionales que llegaban casi siempre a fines de año. Pavos o patos, a veces los dos que eran obsequios que algunos agradecidos pacientes le hacían a papá, y que se guardaban para la celebración de su cumpleaños.
Desde mi mirada de niña esos pobres animales tuvieron una vida miserable, pues se les cuidaba con esmero, se les alimentaba y engordaba para después ser «beneficiados» el seis de enero. Con los años entendí que no era muy distinta la suerte que corre el ganado vacuno y porcino, ni diversas aves de corral, ni conejos ni otros animales que sirven de plato de fondo en la gastronomía mundial.
No sé cómo era en otras familias, pero en la mía el sacrificio del ave elegida corría por cuenta de la casa, para ser más precisos de las mujeres de la casa. Mi mamá dirigía la operación, era una especie de autora intelectual, mientras Clara y Gabina las autoras materiales. Acostumbraban a emborrachar al animal para «que no sufra», unas copitas de pisco que introducían a la fuerza por el pico antes de cortarle el pescuezo. Presencié esta especie de atraco en el corral por varios años, incluso cuando ya no era ni mamá ni las chicas las que cometían el ataque, sino mis hermanos mayores, pero aún muy jóvenes, quienes en su afán de ser menos violentos se emborrachaban con el pavo y les costaba más acabar con el animal. Pero hubo dos sacrificios que recuerdo con la misma claridad que el día que los presencié.
Mi mamá cerró la puerta de tablones verdes, algo viejos que unía el corredor con el patio trasero y nos prohibió acercarnos, sin embargo la curiosidad fue más grande que nuestro deber de la obediencia.
Agazapadas Mariella, Susy y yo entreabrimos la puerta para presenciar el momento, Clara cogió al pavo, mientras Gabina con el cuchillo (sin filo) pretendía cortarle el pescuezo, mamá seguía la escena con mucha seriedad. El animal intentó soltarse, aleteó, se sacudió, glugluteó pero el ataque continuó, fue un clásico cogoteo, finalmente perdió la batalla y antes de que logren separar su cabeza del cuello, el ave, que fue la única que notó nuestra presencia, nos miró con ojos de súplica al tiempo que una lágrima corría por su piel azulada.
El otro episodio que sigue en mi memoria, fue el sacrifico de un pato para otro seis de enero en la misma casa, en el mismo patio, con las mismas protagonistas y con la misma prohibición de no acercarnos. La batalla no fue tan beligerante, el animal era más pequeño y fue más fácil reducirlo, el cogoteo no duró mucho. La rendija de la puerta no nos permitía ver todo el enfrentamiento, escuchábamos voces, ruidos, jadeos pero no lográbamos ver qué estaba pasando exactamente, hasta que de pronto vimos la cabeza caer, no tuvimos tiempo ni de gritar del susto porque el pato sin cabeza corrió hacia nosotras, allí sí no hubo forma de guardar silencio y de seguir agazapadas, salimos despavoridas, aterrorizadas, tropezándonos unas con otras, ante el desconcierto de mamá.
Las imágenes del pato sin cabeza y el pavo lagrimeando, perturbaron mi sueño por varios años.
Con el paso del tiempo se fueron sofisticando los presentes para papá y ya los pavos llegaban congelados.
¡Cómo gustaba a papá celebrar su día¡ Los preparativos los realizaba con anticipación y mis abuelos, sus padres, lo apoyaban en todas sus iniciativas. La música criolla era infaltable en esas fiestas, con guitarra, cajón y cucharas los asistentes cantaban a voz en cuello junto a los cantantes de moda.
Mi abuelito Pablo, quien tenía una gran chispa para contar chistes y anécdotas, el mejor que he conocido hasta el día de hoy, contaba con su humor característico una anécdota que tuvo con mi papá en ocasión de uno de sus cumpleaños. Decía que mi papá le pidió casi al vuelo que comprara «pisco Ormeño», él nunca lo había escuchado, pero que si su hijo que era una persona muy bien relacionada y de buenos gustos le había pedido que lo comprara para la reunión, es porque tenía que ser bueno y de los mejores Así que recorrió todas las licorerías de Lima preguntando por el famoso «pisco Ormeño» y ante cada negativa y desconocimiento de los expendedores, se iba molesto no sin antes reprocharles y tirarles en la cara ser tan poco conocedores del «mejor pisco del Perú». Rendido, agotado y con las manos vacías regresó a casa, cuando estuvo a punto de recriminarle a su hijo por pedir un pisco demasiado exclusivo y escaso, mi papá lo abordó preocupado por si consiguió «el disco de Ormeño» que le había encargado (disco de música criolla del compositor peruano Filomeno Ormeño).
Con los años salió a la venta un pisco Ormeño, mi abuelito asegura que fue él, el verdadero promotor de esta marca.
Así crecí siempre celebrando el seis de enero, la casa llena de sus grandes y mejores amigos, sus primos más cercanos, sus hermanas, cuñados y mis abuelitos era un día de fiesta. Y cómo no el plato de fondo era un buen pavo al horno, o un arroz con pato al estilo norteño.
Con el tiempo las celebraciones fueron siendo cada vez más íntimas. Hoy han pasado más de veinte años que papá está en otro plano, pero la tradición continúa. Como cada seis de enero nos reunimos en su nombre sus trece hijos —ahora doce por la prematura partida de uno de mis queridos hermanos, Pedro— y mamá quien aún Dios nos permite tenerla entre nosotros.
Nos reunimos en su casa su familia cercana, sus descendientes directos, las ramas que brotaron y siguen brotando de ese tronco que fue papá. Entre sus hijos e hijas, nietas, nietos, bisnietos, bisnietas, un tataranieto en camino, yernos y nueras, parejas y parejos de hijos y nietos sumamos más de noventa (confieso que he perdido la cuenta); solo treinta de los cuarenta nietos conocieron al abuelo y solo dos de los diecisiete bisnietos. Pero para esta fecha todos los que podemos asistir seguimos haciéndolo como cada año. Es verdad que no todos llegan, algunos nietos y bisnietos radican en el interior o en el extranjero, otros tienen compromisos con sus nuevas familias. Pero para este 2024 somos más de cincuenta los que hemos confirmado asistencia, es que esta bonita tradición familiar no cambia pese a los años.
Hoy papá cumpliría noventa y siete años y nos sigue haciendo falta, él siempre tenía la palabra adecuada para cada momento. Con su mano militari y con su «se hace porque lo digo yo» se resolvían muchos problemas y discusiones entre hermanos. Si de cuestión de organizarnos o de tomar acuerdos se trataba, hubiera dicho se hace tal cosa, tú haces tal, tú tal y tú tal, fin del tema y todo salía bien. ¡A ver quién le discutía!
Desde 1999 papá está ante la presencia del Gran Arquitecto del Universo —así llaman a Dios los masones y mi papá fue uno de ellos llegó a ser Gran Maestre de la Gran Logia de Masones del Perú—, pero sus recuerdos y figura siguen siendo hasta hoy pilar fundamental en nuestras vidas. Somos lo que somos por él y por la interacción con nuestra madre, por sus enseñanzas y por su disciplina, que es verdad a veces pudo ser poco ortodoxa más si se mira con el prisma actual, pero normal para su momento, somos de esa generación que creció sin cuestionar la palabra de los padres, nos inculcó a darle valor al esfuerzo, al estudio, al trabajo, a la familia, a valerse por uno mismo y a ser honestos, a preservar el apellido para nunca bajar la mirada ante nadie, nos enseñó a ser orgullosos de quiénes somos y a no permitir abusos.
Nos hicimos grandes, mayores y siempre sentimos la falta de papá, hoy será ocasión para recordarlo, recordar sus anécdotas, los buenos momentos (los malos mejor no), convocarnos en su nombre siempre es una oportunidad para estrechar nuestros lazos, es la única fecha del año en que estamos todos, o casi todos…
